Los Super-Ricos de Chile: Mucho Más que una Cancha Dispareja

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Todos sabemos que Chile es un país elitista, un país de enclaves, feudos, fundos y monopolios en que la riqueza, el poder, el capital cultural y las conexiones profesionales y personales están visiblemente concentrados en unos pocos. Lo sabemos, o al menos lo intuimos. Varios hechos avalan esta idea. Según el último ranking Forbes, catorce multimillonarios agrupados en un puñado de familias concentran una riqueza equivalente a más del 20% del Producto Interno Bruto (algo así como U$ 40 mil millones), mientras que cerca de la mitad de los gerentes en 100 de las principales empresas viene de tan sólo cinco colegios, todos privados y concentrados en tres comunas del barrio alto de Santiago.


La segregación de nuestras ciudades permite identificar claramente a los ricos de Chile, y constatar que las casas, calles, edificios, oficinas y jardines que habitan tienen muy poco que ver con el Chile de la gran mayoría. Día a día podemos constatar que vivimos en una sociedad en la que un grupo relativamente pequeño de individuos, familias y grupos económicos manejan buena parte de los grandes negocios con los que nos toca interactuar como clientes, buena parte de las grandes decisiones políticas que determinan nuestras libertades y restricciones, y una proporción probablemente aún mayor de de los discursos en torno a los cuales conversamos a diario –vía canales de televisión, periódicos, universidades, y think tanks.

Sabemos –intuimos, al menos– que vivimos en un país en que los ricos entre los ricos tienen una influencia desproporcionada respecto de su pequeño número. Como he planteado en otra parte, no es que la “cancha” esté dispareja, es que el juego está arreglado.

Esta intuición no es sólo local. A nivel global, especialmente en los países Angloparlantes, la preocupación por el grado de riqueza e influencia acumulada por unos pocos individuos y familias en la parte más alta de la distribución de ingresos ha ido es ascenso.

Nuevos datos, basados en nuevos métodos, han confirmado las razones para estas aprensiones. Estos nuevos métodos han comenzado a arrojar luces sobre nuestras intuiciones respecto de qué tan concentrados están los recursos económicos.

En Chile, un reciente estudio publicado por académicos de la Universidad de Chile utiliza estos nuevos métodos, para mostrar que, aún siendo conservadores en la estimación, en el período 2004-2010, entre 30.5% y 33% del ingreso nacional (dependiendo cómo se contabilicen las utilidades retenidas y ganancias de capital) terminó en manos del 1% de mayores ingresos.

Más aún, el 0.1% capturó entre el 17.6% y el 19.9% del ingreso nacional, y el 0.01% más del 10%. Estos son, como veremos, los niveles de concentración más grandes que se conocen a la fecha.

Para ponerlo en palabras simples: 1 de cada 3 pesos de todo el ingreso generado en Chile en un año va a parar a la contabilidad del 1% más rico. Parece ser que nuestra intuición es correcta: Chile es un país tremendamente desigual, y buena parte de dicha desigualdad se explica por la concentración del ingreso entre aquellos que más tienen.

Cabe preguntar, entonces, ¿qué tan desiguales nos vemos si nos comparamos a nivel internacional? ¿Y cuán lejos está nuestra elite del resto del país, comparado con otras elites en el mundo? Para explorar estas preguntas, conviene revisar la investigación que antecede el estudio de López y sus colegas.
99 contra 1 (y gana el 1)

¡Somos el 99%! Se escuchó gritar los manifestantes alojados en Zuccotti Park durante los casi dos meses que duró la protesta y campamento en las calles del corazón financiero de occidente, conocida como “Occupy Wall Street”.

El movimiento Occupy se extendió a decenas de ciudades en Estados Unidos, para luego perder fuerza y eventualmente diluirse. Pese a ello, el slogan que los caracterizó –“We Are the 99 Percent”– quedó instalado en el inconsciente norteamericano como un atajo cultural para referirse a la desigualdad existente en el país.

El slogan cristalizaba así la idea, cada vez más extendida, de que los antagonismos de clase en Estados Unidos dejaban de estar centrados en las distancias y diferencias entre la clase media (los trabajadores de “cuello blanco”) y la clase trabajadora (los obreros de “cuello azul”), para encontrar un nuevo punto de clivaje en las diferencias y la creciente distancia entre los ultra-ricos y todo el resto.


Curiosamente, el mencionado slogan proviene casi literalmente de un artículo en una revista académica de economía, y salió a las calles vía medios tradicionales, pasando por discursos en el Senado.  y luego vía redes sociales, en lo que se ha descrito como “el improbable viaje de un slogan revolucionario“.

Fue el economista francés Thomas Piketty quien a fines de los ´90 desarrolló la metodología necesaria para estudiar la parte más alta de la distribución de ingresos, usando datos de los Servicios de Impuestos Internos.

Los datos estaban disponibles en muchos países, para períodos de tiempo extensos y, lo más importante, capturaban los ingresos de los más ricos, que suelen estar pobremente representados en las encuestas de hogares (y a partir de las cuales se calculan los indicadores habituales de desigualdad, como por ejemplo el índice de Gini).

Fue el artículo de Piketty con otro economista francés –el profesor de Berkeley Emmanuel Sáez– en The Quarterly Journal of Economics en 2003  el que mostró por primera vez que el 1% de mayores ingresos en Estados Unidos capturaba, a fines de los ’90, casi 15% de todos los ingresos producidos en el país del norte. Piketty y Sáez también mostraron que este nivel de concentración del ingreso sólo era comparable a niveles previos a la depresión de 1929.

A partir de entonces, los super-ricos habían disminuido significativamente su capacidad de concentrar en sus manos los ingresos del país, llegando a capturar menos del 8% a inicios de los años 70.

Las pérdidas de capital por la crisis de 1929, las regulaciones económicas y financieras del “New Deal” de F.D. Roosevelt, así como los efectos de la II Guerra Mundial sobre la economía norteamericana y sus instituciones, habían mantenido a los super-ricos “a raya” por medio siglo.

Esto, hasta que vino la crisis del petróleo de los ’70, cambios tecnológicos que facilitaban la movilidad de capitales y la “financialización” de la economía, y la ola de desregulaciones iniciada por Ronald Reagan y continuada por sus sucesores. Los super-ricos, representados por el 1%, recuperarían en las siguientes décadas el poder que se les había arrebatado, llegando en 2012 a acaparar más del 19% del ingreso nacional, tras haberse embolsado casi la totalidad del ingreso generado en el país entre 2009 y 2012 (95% de la “recuperación” luego de la crisis).

Las cifras son tan grandes que titulares como “El 1% captura la mayoría del crecimiento durante la recuperación económica” se han hecho habituales incluso en medios conservadores como el Wall Street Journal. 

Piketty y sus colegas habían prendido un foco que permite contabilizar y evaluar la importancia relativa de los ingresos de los super-ricos. Desde entonces, ni la prensa, ni la academia, ni la ciudadanía les han sacado los ojos de encima, tanto en Estados Unidos como en otros países.

Los super-ricos de Chile, los super-ricos del mundo

La agenda abierta por Piketty hace diez años dio inicio a una extensa agenda de investigación, que explora esta nueva medida de desigualdad (el porcentaje de ingreso nacional capturado por el 1%, 0.1% y 0.01% de mayores ingresos) en decenas de países, permitiendo comparar tendencias (el grueso de esta investigación está reunida en dos imponentes volúmenes),  y todos los datos producidos a la fecha están disponibles en línea, en la World Top Incomes Database.

¿Cómo se ve Chile en este escenario? La respuesta es, por ahora, bastante dramática, aunque provisoria.

En la World Top Incomes Database, Chile aparece como “trabajo en proceso”. Facundo Alvaredo (Oxford), junto a Ricardo Mayer y Claudia Sanhueza (UDP) están trabajando para generar la historia de “top incomes” en Chile desde 1949.

Esperamos que los resultados estén disponibles más pronto que tarde, pues serán un gran aporte a la discusión académica y política respecto de qué país queremos construir, cuál hemos efectivamente construido en los últimos sesenta años, y cuán diferentes lucen el uno del otro. Especialmente interesante será ver el efecto sobre la desigualdad en el tope durante la revolución económica impuesta a fuego por Pinochet y los Chicago Boys.

Por ahora, y a partir de las cifras habituales de desigualdad, sabemos que Estados Unidos –por escandalosas que parezcan sus cifras, y aún siendo el país más desigual y uno de los de menor movilidad económica en el mundo desarrollado– está lejos de ser tan desigual como Chile.

Sabemos, de hecho, que Chile es uno de los países más desiguales, en la región más desigual del mundo. Respecto de los ingresos en el tope de la distribución, dos trabajos parciales dan luces sobre cómo se ven los ingresos de los super-ricos en Chile.

En el primero, de 2011, Claudia Sanhueza y Ricardo Meyer utilizan  cincuenta años de encuestas de hogares para calcular la fracción del total del ingreso que se llevan el 10% y el 1% más rico. En 2007, para estar en el 10% más rico de la población se requería un ingreso (por persona) de $335.000 (en pesos de 2013). Para entrar en el 1% más rico, el ingreso por persona en el hogar era de $1.030.000 (pesos de 2013). En 2007, según el estudio, el 10% de mayores ingresos capturaba algo más del 35% del ingreso nacional. El cálculo de los autores es que el 1% capturaría cerca del 8% del ingreso.

El estudio presenta una serie de análisis interesantes para mirar el origen y tamaño de los ingresos del 10% de mayores ingresos. El problema es que, como hemos mencionado, las encuestas de ingresos no hacen un buen trabajo estimando el ingreso de los más ricos, especialmente en el tope de la distribución (más menos del 5% hacia arriba). Es aquí donde la metodología desarrollada por Piketty y Saez resulta de utilidad.

Utilizando  esta metodología, aplicada a datos del SII para el paríodo 2004-2010, Ramón López, Eugenio Figueroa y Pablo Gutiérrez calculan que, incluyendo ganancias de capital (y sin incluir utilidades retenidas), el 1% más rico de Chile capturaba en el período el 30,5% del ingreso total generado en el país. El 0.1% de mayores ingresos lograba acaparar en este mismo período casi un 18% del ingreso nacional, y el 0.01% se hacía de más del 10% del ingreso total.

De los países en que la información sobre fracciones de ingreso incluyendo ganancias de capital está disponible para años recientes, Chile destaca como el país en que los ricos concentran una mayor proporción de la riqueza, especialmente en la parte más alta de la distribución: el 0,01% más rico  (según los autores, aproximadamente 300 familias) captura casi el doble, como fracción del ingreso total del país,  de lo que capturan los más ricos en Estados Unidos, y más de 10 veces lo que logran obtener sus pares en Japón o España.

Estos datos, sumados a la ya conocida baja permeabilidad de nuestra elite (tema en que han trabajado, entre otros la socióloga y profesora de la Universidad de Nueva York, Florencia Torche, y los académicos del Proyecto Desigualdades liderado por Emmanuelle Barozet), nos muestra una sociedad en que un grupo pequeño y socialmente aislado acapara una cantidad desproporcionada del ingreso, lo que se traduce en un acceso desproporcionado a poder político, económico y social.

Cabe hacer notar, finalmente, que todos estos datos corresponden a ingresos, no a riqueza. La concentración de la riqueza es, históricamente y en todos los países, significativamente mayor que la concentración del ingreso.

¿Por qué importan los super-ricos?

López, Figueroa y Gutierrez parecen confirmar nuestras intuiciones: Chile es un país enormemente desigual (ya lo sabíamos), y buena parte de esa desigualdad viene explicada por la distancia entre los más ricos y todo el resto, la gran mayoría (lo sospechábamos). De hecho, estos datos vienen a confirmar lo que ya hace tiempo venían afirmando, con una mezcla de intuición y datos imperfectos, académicos como Patricio Meller, Dante Contreras, Claudia Sanhueza, Osvaldo Larrañaga, Javier Núñez y otros.

La pregunta respecto de qué tan importantes son estos grupos para la economía política de un país, y cuán importante es que capturen cinco, diez o -como en el caso de Chile- treinta por ciento del ingreso nacional, es una pregunta abierta.

Las consecuencias de esta creciente concentración del ingreso en lo más alto de la distribución en muchos países aún no están del todo clara y –pese a los esfuerzos de economistas como Joseph Stiglitz, Paul Krugman o Robert Reich– ha sido escasamente estudiada.

En el caso de los Estados Unidos, está demostrado que la política electoral y económica están crecientemente influenciados por el dinero y el rol de los grandes financistas, tanto individuos como corporaciones. El sistema norteamericano corre hoy, más que durante todo el siglo pasado, el riesgo de ser “capturado” por los super-ricos. Las consecuencias para la economía como un todo, y para la posibilidad de movilidad económica son aún tema de intenso debate académico y político.

En Chile, pese a aún estar lejos de la realidad norteamericana en términos del rol de los millonarios en política (aunque, no olvidemos, nuestro Presidente está entre los 14 multimillonarios de la lista Forbes), la ley de partidos políticos y la ley de financiamiento electoral no son suficientemente sólidas como para impedir la influencia de las grandes fortunas en campañas electorales y en la vida partidaria.

Aún peor, carecemos en la práctica de una ley que regule el lobby ejercido por grupos de interés sobre el Congreso y el Ejecutivo. Las grandes fortunas controlan casi la totalidad de los medios de comunicación, la mayoría de los centros de pensamiento (el caso paradigmático es el CEP), una cantidad importante de universidades y colegios, y casi la totalidad de las empresas con que los ciudadanos interactúan día a día, incluyendo los servicios básicos.

Podremos tener largas discusiones respecto de cuán legítimos son los mecanismos y la institucionalidad que permiten al 1% hacerse de uno de cada tres pesos del ingreso nacional. Podremos diferir en nuestras evaluaciones respecto de cuán positiva o negativa es esta concentración para la economía como un todo.

En lo que sí debiésemos estar de acuerdo, creo, es en que los super-ricos tienen en Chile, más que en cualquier otro país hasta ahora estudiado, una influencia desproporcionada (respecto de su pequeño número) en la conducción de los asuntos nacionales. Debemos, por lo tanto, mantener una mirada atenta y crítica sobre el rol que juegan en la vida de la República. La luz está encendida. Es de esperar que el 99% no se duerma.

(*) Candidato a doctor en Sociología de la University of Wisconsin-Madison, EE.UU.; asistente de investigación en Center on Wisconsin Strategy (www.cows.org); y graduate research fellow del Institute for Research on Poverty (www.irp.wisc.edu). Magíster en Economía Aplicada e Ingeniero Civil Industrial de la Universidad de Chile. Fundador  www.delarepublica.cl. Participa de Revolución Democrática, donde coordina el grupo Américas-Oceanía de la Red de Adherentes en el Extranjero.

Fuente: Sentidos Comunes

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