Los Economistas Neoliberales: Nuevos Criminales de Guerra

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«El capitalismo destruye las dos fuentes de su propia riqueza: el hombre y la naturaleza. En ese sentido, el sistema neoliberal ‹es un real genocidio›, porque está acabando con capas enteras de la sociedad humana y del entorno natural». Francois Houtart, La Jornada, octubre 5 de 2004.
Hace unos pocos años escribí un artículo periodístico con el mismo título de este libro, tras haber leído un estimulante ensayo de Edward Herman sobre los crímenes económicos de guerra[1].

En la nota señalada, yo hacia alusiones directas a este tipo de criminalidad, pero, dado el carácter del escrito, no las acompañe con pies de página ni referencias bibliográficas, aunque me había documentado ampliamente para elaborarla. Algunas de las personas a las que les envié el artículo me señalaron que, teniendo en cuenta la falta de sustento bibliográfico, les parecía que las afirmaciones que hacia no estaban suficientemente respaldadas, insinuando, en algunos casos, que debía volver a escribir el texto. Esta actitud mostraba de alguna forma la resistencia a la manera como yo presentaba a los economistas neoliberales, a los que dejaba de observar como simples tecnócratas ocupados en el manejo de complicados sistemas de análisis o como gestores intelectuales de política económica, para considerarlos como vulgares criminales de guerra.

Las críticas y sugerencias me empezaron a rondar la cabeza y reiteradamente me pregunte a mí mismo si, en efecto, no debería presentar una visión más elaborada del asunto. Desde ese momento la idea se convirtió en una obsesión que, luego de varios años, ha dado origen a este libro. He decidido mantener el título del artículo mencionado, «Los economistas neoliberales: nuevos criminales de guerra», porque creo que resume muy bien la idea central que aquí se sustenta, además que compagina con mi intención de denunciar, espero que con bastantes argumentos y con cierto rigor, el genocidio capitalista en curso.

En el transcurso de la investigación se fue reafirmando la estrecha relación entre neoliberalismo y capitalismo.

Al respecto, se hace necesario enfatizar que no es posible separarlos, como hacen ciertos autores, ONG y hasta partidos políticos, planteando tácitamente que el neoliberalismo es una negación del «capitalismo civilizado» existente hace algunas décadas en su versión socialdemócrata, y que eso se ha debido a las políticas neoliberales, al desarrollo de las telecomunicaciones y la informática y al despliegue incontrolado del capital financiero [2].

Algunos de los que difunden este tipo de análisis son los que proponen, empezando por ATTAC, como algo trascendental, la imposición de un impuesto a los grandes movimientos financieros, la llamada Tasa Tobin (a pesar que el economista que la propuso, James Tobin, hasta los últimos años de su vida despreciara a los movimientos sociales y políticos que se han organizado en diversos lugares del mundo para luchar contra la globalización; opinión comprensible pues ese economista nunca abandonó la ortodoxia económica).

Este tipo de analistas son antineoliberales pero no anticapitalistas, suponiendo que puede llegarse a un capitalismo social sin los incómodos «extremismos» de los «fundamentalistas de mercado».

Por el contrario, a lo largo de estas páginas mostramos que existe un vínculo indisociable entre capitalismo y neoliberalismo y, por lo tanto, resulta obvio que la criminalidad de estos últimos no puede entenderse sin hacer referencia a la barbarie capitalista. Por eso, el subtítulo de esta obra: El genocidio económico y social del capitalismo contemporáneo.

La criminalidad neoliberal ha extendido las redes delincuenciales del capitalismo hasta niveles impensables hace algunas décadas. En el mundo actual los neoliberales desempeñan el mismo papel genocida que antaño cumplieron la iglesia católica y los misioneros, los piratas y aventureros, los negreros y los colonizadores.

Y no quiere decir que todos ellos no sigan actuando, y en forma criminal, en el capitalismo contemporáneo sino que también se han subordinado a la lógica neoliberal, cubriéndose con el nuevo manto criminal que ahora los arropa a todos. Con el neoliberalismo, el capital ha ampliado su estructural carácter criminal a todo el mundo y a los más diversos aspectos de la vida social y natural, lo que se constata en los más diversos terrenos: el mundo del trabajo, la educación, el medio ambiente, la biotecnología, el sistema de salud, las migraciones internacionales, la alimentación y el agua.

Esa ampliación de la criminalidad capitalista nos remite al análisis clásico y siempre perenne del principal crítico no sólo del capitalismo sino de la economía política, a Carlos Marx. Su análisis de la mercancía, junto con la criminalidad capitalista de su tiempo (esa es otra importante dimensión de El Capital, no siempre considerada), es de una impresionante actualidad en el mundo de hoy. El capitalismo convierte todo lo que encuentra en su camino en mercancía, destruyendo sociedades, culturas, economías, tradiciones y costumbres, dejando a su paso muerte y desolación.

Eso se evidencia con la mercantilización de la naturaleza, de los genes, de los órganos humanos, de los niños y las mujeres… y el neoliberalismo se ha convertido en el legitimador «teórico» e ideológico de la brutal conversión de todos los valores de uso en vulgares mercancías, con sus devastadoras consecuencias sobre los seres vivos. En estos momentos estamos soportando el más despiadado genocidio que haya sufrido la humanidad en los últimos cinco siglos como puede corroborarse con cifras elocuentes sobre pobreza y riqueza, sobre hambre y obesidad, sobre sed y derroche hídrico, sobre analfabetismo y hastío informativo, sobre explotación laboral y fabulosas ganancias de los empresarios capitalistas…

Ese panorama de antagonismos sólo ha podido ser erigido sobre la explotación intensiva de millones de seres humanos y sobre la destrucción acelerada de los ecosistemas, lo que no hace más que demostrar las afirmaciones de Marx a mediados del siglo XIX, en el sentido que el capitalismo destruye constantemente los “dos manantiales de toda riqueza: la tierra y el trabajador»[3].

La conjunción de ese doble proceso destructivo explica la amplitud y variedad de los crímenes del capitalismo y el papel que desempeñan los neoliberales, como legitimadores ideológicos de tal proyecto genocida, pero también como copartícipes directos y responsables de esa guerra contra los pobres del mundo. Como bien lo ha dicho Edward Herman:

“Identificar cualquier tipo de criminal de guerra es algo complicado, es habitual agarrar a los que dan el golpe, o a los que dieron las órdenes Inmediatas, mientras se ignora a los que lo planearon y a los que lo decidieron, a los que lo financiaron y a aquellos que dieron apoyo moral e intelectual (…). Cuando tratamos la criminalidad económica incidimos en los mismos problemas que encuentran los analistas del Sistema para identificar los crímenes de guerra militares. ¿Quién es el responsable en un sistema complejo de división de tareas? ¿Buscamos más allá de los gerentes medios y superiores, entre los grandes accionistas y banqueros que pueden dirigirlo todo? ¿Nos detenemos en los líderes políticos que hacen y ejecutan las leyes o buscamos entre los que financian elecciones, consejeros, planificadores e intelectuales que defienden que se realicen los proyectos criminales? Recalcar la etiqueta de criminalidad sobre individuos destaca el elemento invariable de tales crímenes -el hecho de que no son solo el resultado de cómo trabaja el sistema, sino que muchas personas comparten la responsabilidad”.[4]

Justamente, en esta investigación nos hemos concentrado en demostrar tanto la responsabilidad del sistema capitalista como de los economistas neoliberales en la perpetuación de crímenes de muy diversa naturaleza, resaltando que muchos de los delincuentes, con rutilantes títulos de Doctores en Economía de prestigiosas universidades estadounidenses, planifican el asesinato en masa de millones de seres humanos desde sus cómodas poltronas de burócratas en sus tecnificadas oficinas del Banco Mundial o del Fondo Monetario Internacional.

Esos asesinatos se materializan en la práctica cotidiana cuando se aplican las Armas Económicas de Destrucción Masiva, como los Planes de Ajuste Estructural, contra pueblos enteros. Y, como siempre sucede con los delincuentes, estos justifican sus crímenes con muy diversas argucias, en el caso de los economistas con sofismas sobre modernización, crecimiento económico, éxito exportador, eficiencia, eficacia, calidad, transparencia… y mil falacias más. Por si hubiera dudas, sólo recuérdese lo acontecido en Argentina, Bolivia, Nicaragua, Rusia, Ghana, Zambia y otros 100 países. Estamos diciendo que criminales no son solamente los que aprietan el gatillo para matar a sus víctimas sino también los que las seleccionan y planean como ejecutarlas.

Esto, aplicado a la economía capitalista contemporánea, significa que los asesinos no son solamente los políticos que implementan los Planes de Ajuste Estructural o privatizan las empresas de servicios públicos o firman Tratados de Libre Comercio para regalarle al capital imperialista los recursos de un país, sino que detrás están los criminales de cuello blanco, que con sevicia preparan los asaltos y atracos del patrimonio de los pueblos, el robo de sus recursos naturales y materias primas y la eliminación de sindicatos y organizaciones de los trabajadores.

Como lo afirma Michel Chossudovsky,

“El ajuste estructural tiende a una forma de «genocidio económico» que se desarrolla mediante la consciente y deliberada manipulación de las fuerzas del mercado. Cuando se compara con el genocidio de los períodos anteriores de la historia colonial (esto es, trabajo forzado y esclavitud), su impacto social es devastador. El programa de ajuste estructural afecta directamente la sobrevivencia de más de cuatro mil millones de personas. Su aplicación en gran número de países deudores individuales favorece la «internacionalización» de las políticas macroeconómicas bajo el control directo del FMI y del Banco Mundial, que actúan en nombre de poderosos intereses financieros y políticos (…). Esta nueva forma de dominación económica y política -una forma de «colonialismo de mercado»- subordina a pueblos y gobiernos mediante la interacción aparentemente «neutral» de las fuerzas del mercado. Los acreedores internacionales y las corporaciones multinacionales han encargado a la burocracia internacional con sede en Washington la ejecución de un proyecto económico global que afecta la vida de más del 80 por ciento de la población mundial”.[5]

Los economistas neoliberales, testaferros a sueldo del capitalismo mundial, pretenden presentarse como los nuevos oráculos que están capacitados con poderes divinos para interpretar las «objetivas» e impersonales fuerzas del mercado, a nombre de las cuales perpetran todos sus crímenes, de la misma forma que todos los ideólogos de los imperios coloniales han justificado siempre sus delitos, a nombre de una razón suprema (bien fuera la divinidad, la raza, la tecnología, la ciencia, el progreso o la «racionalidad»).

Ahora la «mano invisible» del mercado guía a los seres humanos por el camino del progreso y la prosperidad, y los únicos que pueden interpretar correctamente los signos cabalísticos de esa fuerza suprema son los neoliberales, lo que además, se nos asegura sin ningún pudor, es una expresión de la superioridad moral del capitalismo.

El francés Guy Sorman señala al respecto que «los capitalistas no son necesariamente morales, pero el capitalismo por sus resultados económicos y sociales, parece ser el más moral de los sistemas que existen. La mano invisible del mercado promueve, en alguna medida la redistribución de la riqueza»[6]. ¡Que gran moralidad ha mostrado el capitalismo a través de la historia, esclavizando seres humanos, asesinando niños, exterminando indígenas, colonizando pueblos… como lo ha rubricado en los últimos años con los millones de víctimas que ha producido en todos los rincones de la tierra!

A partir de los dogmas del «libre mercado», en los que se basa el supuesto de la globalización como una realidad irreversible –una especie de «ley de gravedad social»–, los neoliberales justifican todas sus acciones criminales con toda la impunidad del caso, incluso responsabilizando a sus víctimas, a las que señalan con el dedo acusador por ser incapaces de adecuarse a las sacrosantas leyes de la competitividad y del éxito. Uno de sus ideólogos, el estadounidense Lawrence Mead, lo dice sin reparos cuando señala que las identidades de clase no existen, porque ahora

“se designa a las personas como «ricas» si tienen modales convenientes y responsables, y como «pobres» en caso contrario. Ninguna reforma estructural de la sociedad puede modificar esas identidades, porque en la nueva política de hoy en día la cualidad decisiva de una persona es la personalidad y no el ingreso o la clase. La gran factura de nuestra sociedad no es la que separa a los ricos de los menos ricos, sino a quienes son capaces y quienes no son capaces de ser responsables de sí mismos” [7].

La vulgata neoliberal sostiene que el hombre es egoísta por naturaleza, que el mercado es una condición natural de los seres humanos, que la competencia premia a los triunfadores y castiga a los perdedores, que en la sociedad como en la selva sobreviven los más aptos, y estos son los mejores… Todas estas mentiras, cuidadosamente urdidas y difundidas por medios de comunicación, editoriales, revistas, libros y universidades, son presentadas como la verdad revelada, ante la que hay que someterse o perecer. Todo esto confirma que «el sistema neoliberal y capitalista se está convirtiendo en un dios de sangre que decide quienes deben ser sacrificados; cuenta con sus propios mecanismos de control para determinar la productividad, regular el derecho de trabajo, transmitir la ideología dominante, utilizar el poder político, social y aún religioso, y configurar la identidad de personas, grupos y países»[8].

Este es un análisis de los economistas neoliberales pero no ha pretendido ser un libro de economía, por lo menos en el sentido convencional de la palabra, es decir, plagado de cifras, de ecuaciones, de modelos y de gráficas, instrumentos que en el caso del economista ortodoxo se usan no tanto para aclarar su pensamiento sino para ocultar su ignorancia. Ese tipo de escritura de los economistas se convierte en gran medida en una barrera para el conocimiento de los problemas económicos y sociales del mundo y en un mecanismo de desmovilización política de la gente común y corriente.

No tiene ningún sentido escribir para los economistas, pues ya bastante ellos se escriben entre sí y para sí mismos, porque eso significa utilizar un lenguaje hermético e incomprensible, alejado de las expectativas inmediatas de los seres humanos. Sólo en el conocimiento académico se genera esa terrible manía de dirigirse exclusivamente a los «miembros de la tribu», sin esforzarse en lo más mínimo en comunicarse con el resto de mortales, con aquellos que no tienen las credenciales de «especialistas», lo que limita el conocimiento y la amplitud intelectual.

Como bien lo dijo Günther Anders para el tema de la filosofía: «Escribir textos sobre moral que leerían y entenderían sólo los colegas universitarios me hubiera parecido un sinsentido. Algo cómico, si no inmoral incluso. Tan carente de sentido como si un panadero hiciese sus panes solo para otros panaderos»[9]. Siguiendo tan sabio consejo, este libro no tiene como destinatario principal ni exclusivo a los economistas ni ha sido escrito a partir de la lógica convencional de la economía, cada vez más alejada del mundo real y de los problemas de los hombres y mujeres de carne y hueso.

Pero cuando aquí se habla de economistas neoliberales no se está considerando solamente a los detentadores de títulos de economía, sino a todos los neoliberales -sean estos de cualquier profesión o disciplina del conocimiento- porque han asumido como suya la lógica estrecha y mecánica de la ortodoxia de la «economía de mercado», o sea, la vulgata neoliberal. Dicha vulgata es repetida como una letanía por abogados, pedagogos, sociólogos, investigadores y técnicos cuando pretenden explicar el funcionamiento de las diversas instancias de la sociedad.

Por esta razón, los postulados básicos de todos los neoliberales se subordinan a la «racionalidad» de los economistas, a partir de la cual pueden ser analizadas sus políticas criminales en los más diversos terrenos de la realidad social. Los economistas neoliberales son, entonces, la piedra angular para entender los crímenes económicos de nuestro tiempo, porque como ya lo anunciaba la revista Bussines Week en marzo de 1977, venden sus habilidades profesionales «sus contactos, su destreza, y, en opinión de algunos, hasta su alma, en el tenebroso mundo de la política de Washington»[10].

Como parte de esas habilidades de negociantes se destaca la apertura de cátedras de «libre empresa» en universidades de todo el mundo con d fin manifiesto de expandir la ideología del libre mercado, lo cual ha convertido al fundamentalismo neoliberal a individuos y grupos procedentes de variadas profesiones y de distintos orígenes intelectuales y políticos.

Por otra parte, en este libro se critica al discurso neoliberal como expresión mixtificada de la economía vulgar, para emplear el término con el que Marx denominó a la apologética erigida para legitimar el capitalismo después de la economía clásica (de Adam Smith a David Ricardo).

Para llevar a cabo esa tarea, hemos acudido a un cúmulo amplio de fuentes para redactar cada uno de sus capítulos. A medida que conseguíamos información sobre los crímenes del nuevo desorden mundial -en lo relacionado, para mencionar algunos temas explorados en los diversos capítulos de esta obra, con la compra y venta de órganos humanos, la promoción comercial de los genes de pueblos indígenas a través de Internet, la esclavitud infantil, la muerte de miles de migrantes en la frontera entre México y los Estados Unidos y en el embravecido mar que separa África de España, la exportación de residuos tóxicos a los países pobres y dependientes, la explotación de hombres, mujeres y niños en las fábricas de la muerte- aumentaba nuestra rabia e indignación.

Pero también nos hemos indignado ante el cinismo de que hacen gala los capitalistas y neoliberales de todo el mundo para justificar lo que moral y humanamente es injustificable: la privatización del mar, el comercio de animales y de plantas de las selvas tropicales, el culto fetichista al consumo desaforado, la conversión del agua en una mercancía que genere cuantiosas ganancias a costa de la sed de media humanidad, las tecnoutopias reaccionarias sobre la superación de todos los límites (incluyendo la muerte individual, puesto que ya desde Estados Unidos y Europa se nos anuncia que en pocos años los seres humanos alcanzaremos la inmortalidad)…

En cada uno de los tópicos tratados en los diversos capítulos se ha intentado realizar un minucioso análisis, a partir de numerosas fuentes de información y apoyándonos en el pensamiento crítico, tanto universal como de nuestra América, así no siempre citemos al pie de la letra esas fuentes teóricas en las que nos hemos apoyado, entre las que se encuentran diversas variantes de la tradición marxista y de la ecología social.

Hemos querido aprovechar al máximo la riqueza de la información consultada, con la perspectiva de presentar un inventario lo más amplio posible sobre el universo de la criminalidad del capitalismo contemporáneo.

Por eso, hemos organizado la información con sumo cuidado, presentándola con lujo de detalles, recalcando los mecanismos de explotación y opresión -los «nuevos» y los viejos-, complementando el análisis con viñetas alusivas a los tópicos contemplados en el texto, y destacando las consecuencias que entrañan para los seres humanos y para los ecosistemas la universalización del capitalismo y el fetichismo de la mercancía que eso conlleva.

(*) Introducción del nuevo libro del autor sobre los Economistas Neoliberales, del mismo título.

Notas

[1]. Edward Herman, «Criminales de Guerra (sección de economía) los 20 peores», en http://www.zmag. org/Spanish/ 0401crim.htm

[2]. Este tipo de visión se encuentra en los distintos libros y artículos de Ignacio Ramonet, como puede constatarse en su  Abecedario subjetivo de la globalización, Editorial Seix Barral, Barcelona, 2004.

[3]. Kart Marx, El Capital. Crítica de la economía política, Libro Primero, II, El proceso de producción de capital, Siglo XXI Editores, México, 1988, p. 613

[4] .E. Herman, op. cit.

[5]. Michel Chossudovsky, Globalización de la pobreza y nuevo orden mundial, Siglo XXI Editores, México, 2002, pp. 28-29.

[6]. Guy Sorman, «Capitalismo y sociedad», El País, enero 19 de 1994. (Subrayado nuestro).

[7]. Citado en l,oic Wacquant, Las cárceles de la miseria, Editorial Manantial, Buenos Aires, 2000, p. 49.

[8]. ]oan Martí, «El trabajo precario», La Vanguardia, octubre 12 de 1995.

[9].  Günther Anders, Llámese cobardía a esa esperanza (entrevistas y declaraciones), Besatarí, Bilbao, 1995, p. 59, citado en Jorge Riechmann, Un mundo vulnerable. Ensayos sobre ecología, ética y tecno­ciencia, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2000, p. 131. (Subrayado nuestro)

[10]. Citado en Eduardo Álvarez Puga, Maldito mercado. Manifiesto contra el fundamentalismo neo­liberal, Ediciones 3, Barcelona, 1996, p. 244.

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