Lecciones y Mandatos de una Gran Jornada

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Llegó a su fin la campaña presidencial, con el resultado por todos conocido. A partir de hoy, y por unas cuantas semanas, se  discutirá acerca de las lecciones e incógnitas que deja la jornada del 15 de diciembre: el porqué de la alta abstención y la continuidad del voto voluntario, el futuro de la derecha, la “viabilidad” de los cambios propuestos al país por la candidatura de la Nueva Mayoría, la “representatividad” del nuevo gobierno.

Acerca del porcentaje de abstención, es del mínimo rigor descontar del padrón electoral a las al menos decenas de miles de personas que, por imperativos biológicos –muchas de ellas, más allá de la centena de años- no deberían estar en él. Y a ellas, agregar los cientos de miles de compatriotas residentes en otros países, pero cuyos nombres también abultan, hasta hoy sin el derecho correspondiente, el padrón en vigor.

Mientras la presidenta electa armará sus equipos de gobierno y mantendrá ocupados en ello y en la preparación de los proyectos anunciados como prioritario, al bloque político que la lleva a un nuevo período presidencial, en la vereda del frente los partidos de la Alianza apurarán su propio duelo y buscarán los mecanismos y estilos de convivencia intra partido e intra bloque para hacer frente a la doble debacle de las elecciones presidencial y parlamentaria.

Desde la misma derecha política, empresarial y comunicacional que inmediatamente de conocidos los resultados intentó relativizar la “representatividad” –la “ilegitimidad” era algo imposible de sostener- de un gobierno cuyo respaldo electoral no alcanzaría al 50% de la ciudadanía, se pone el acento en la legitimidad de los cambios de fondo propuestos tanto en las primarias de la Nueva Mayoría como en la primera y segunda vuelta presidenciales.

En la acomodaticia lógica de cierta parte de la derecha, no estaría “facultado” para cumplir su programa un gobierno votado por más del 60% de los ciudadanos, aunque sí estaría habilitado para bloquearlo un conglomerado que no alcanzó el 40% de aprobación a su anti-programa.

Los otros grandes tópicos que dominarán el debate nacional a partir del 11 de marzo serán, junto a la profundidad y ritmos de las transformaciones de fondo votadas por el pueblo de Chile, la manoseada relación entre “lo social y lo político”. Es la vieja mentalidad reaccionaria que confina a los movimientos sociales a “la calle”, a la protesta sin relación con cualquiera institucionalidad, reservando para la auto calificada de “clase política” la discusión y por cierto la decisión de los asuntos de fondo. Es el pensamiento y la conducta oligárquicos de los opulentos propietarios de los medios de comunicación que en su soberbia excluyente calificaban de “diario de la canalla” a los muros y otros lugares públicos en donde  se expresa la posición de las mayorías privadas de otro espacio de expresión.

Esta falsa contradicción de lo social –o masivo- y lo político –o minoritario y excluyente- es precisamente lo que fue derrotado este 15 de diciembre. La “calle” había instalado los “temas” –educación pública, constitución democrática, fin a los abusos empresariales, salud digna, medioambiente protegido, término de toda exclusión, etc., etc. Y es esa misma calle la que en una proporción novedosa para esta democracia aun en construcción, irrumpe en la institucionalidad.

Las categóricas afirmaciones públicas de la presidenta electa, Michelle Bachelet, no sólo constituyen un sólido “piso” para las esperanzas de la mayoría del país, sino que son además una reafirmación tanto de sus propuestas programáticas como de la seriedad y viabilidad de sus compromisos.

A la hora de celebrar un gran triunfo, no hay que bajar la guardia, y mantenerse vigilantes respecto al nutrido arsenal de los sectores extremos de la derecha.

(*) Editorial semanario El Siglo, edición N° 1694

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