La salvada de muchos comunistas durante la dictadura

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Podría haberse ido del país, pero en cuanto comenzó la dictadura, Jorge Schindler decidió ayudar a los comunistas clandestinos. Había comenzado a militar en el partido en la década del 60 y en 1974 inauguró una farmacia que luego se transformó en un centro de operaciones. Durante casi una década, allí se guardó la propaganda del PC, se distribuyeron las platas para hacerle frente a los militares, y se prestó apoyo logístico a la resistencia.

 

 

 

En 1974 Jorge Schindler Etchegaray, militante comunista desde 1960, inauguró una farmacia en la Villa México. No era cualquier almacén de remedios. En medio del terror y la represión de la dictadura, Schindler decidió usar su negocio como el centro de operaciones de una gran red de apoyo y solidaridad con los comunistas y miembros de la izquierda que eran perseguidos por los militares.

A mediados de ese año, la farmacia se hizo chica y se abrió un nuevo local en el centro de Maipú: Farmacia Principal, se llamó. Ambos negocios formaron parte de una red de cinco locales que cumplieron labores de apoyo a la disidencia en plena dictadura. La historia de Schindler se hizo conocida hace una semana, luego de que el periodista Manuel Salazar escribiera un libro sobre él: “me llamó la atención la coincidencia del apellido, como la película la Lista de Schindler”, dice Salazar.

“Las farmacias funcionaban realmente, vendían mejorales y se tomaba la presión, pero paralelamente allá se guardaba la propaganda del PC, se coordinaban las casas de seguridad, se distribuían platas y se prestaba apoyo logístico”, agrega.

Las farmacias de Schindler llegaron a coordinar una red de casi cien militantes comunistas, que venían de distintas zonas del país y que continuaron en la clandestinidad con las actividades del partido, sin que los aparatos de inteligencia se dieran por enterado de lo que estas fachadas ocultaban. A su favor jugó que Schindler, antes del golpe, había tenido un par de farmacias y que había trabajado en la Corfo, coordinando todo lo relacionado con el rubro: “Nadie podía pensar que las farmacias eran tapaderas de una organización clandestina del PC.

Schindler, además, es un hombre que no corresponde al estereotipo que uno tiene de los militantes comunistas: rubio, de ojos azules, empresario, con buen gusto, no calzaba”, cuenta Salazar. El libro relata que entre 1975 y 1976 se vivieron los momentos más duros en las farmacias de Schindler. Mientras en las calles cientos de hombres y mujeres eran torturados y asesinados en los cuarteles de los organismos secretos, en las farmacias los militantes debían soportar el asedio de la policía, que ya comenzaba a sospechar sobre las verdaderas actividades que allí se desarrollaban.

En esa época, dos de los casi cien miembros que esta red llegó a tener se convirtieron en detenidos desaparecidos. Las farmacias dejaron de cumplir su función protectora a mediados de 1979, sin que los organismos de inteligencia llegaran a descubrir lo que escondían. Actualmente, Jorge Schindler es representante de LAN en Frankfurt y luego de la publicación de su historia –según cuenta Salazar- han aparecido un par de relatos similares que hablan de peluquerías y locales de abarrotes que sirvieron de fachada para resistir a la dictadura.

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