‘¡Silencio, El Presidente Está Hablando!’

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“¡Silencio, que el Presidente está hablando” gritó Carlos Jorquera en un salón de La Moneda, atacada en ese momento por militares. Hacía callar a un grupo de escoltas y funcionarios mientras Salvador Allende pronunciaba el último discurso de su vida, transmitido por Radio Magallanes, la mañana del 11 de septiembre de 1973. El grito de Jorquera se escucha en el fondo de la grabación de aquella alocución. La de «más temprano que tarde se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre».

Carlos “El Negro” Jorquera, periodista, fue amigo de Salvador Allende durante unos 30 años y lo acompañó en sus cuatro campañas presidenciales (1952, 1958, 1964 y 1970). Esa mañana del 11 de septiembre tampoco lo dejó. Y lo vio llorar frente al cuerpo de otro entrañable amigo, también periodista, Augusto Olivares, el primer muerto en La Moneda.

Jorquera rememora: «Si hubiera habido alguna pequeña duda en el alma y la mente del Presidente, estoy seguro que ahí se aclaró todo. El quería mucho a Olivares, lo quería mucho. Se le cayeron las lágrimas al Presidente. Qué le dije, qué me dijo, qué voy a saber. Sé solamente que nos abrazamos».

Jorquera habla «del drama» de aquella mañana en que «el término de rendición, no lo recuerdo», entre balas que iban y venían y de un intenso bombardeo. Era la mañana que los militares, al mando de cuatro generales y un almirante, derrocaban al gobierno constitucional de la Unidad Popular (UP) y ponían fin al mandato del presidente Salvador Allende.

Al mandatario socialista le ofrecieron un avión para irse del país. Lo hizo el general Augusto Pinochet a través del general Palacios, el que atacó La Moneda. Luego se supo que la intención era derribarlo: «el avión se cae», se oye a Pinochet en una grabación.

Se le ofreció la rendición. Grupos armados de izquierda, el MIR, le ofrecieron sacarlo de La Moneda y replegarlo a un rincón de Santiago. Eran opciones. Carlos Jorquera, esas horas junto a Allende, cuenta: «El Presidente las desechó todas y cualquiera que haya sido la alternativa, la desechó. El Presidente se quedó en La Moneda y pasó a la historia».

“No llegamos al miércoles” .

Cuarenta y ocho horas antes de la asonada castrense, Salvador Allende, sí había barajado otra alternativa que, en su momento, podría haber frenado a los militares. Era el sábado 8 de septiembre. Ultima oportunidad de torcer la historia que se venía. En medio de una profunda crisis social, política y económica, con la UP fragmentada, el proceso radicalizado y la derecha y el empresariado a la ofensiva, el mandatario chileno había concluido que una salida era convocar a plebiscito a la población para determinar el destino del gobierno de la UP.

El Negro Jorquera lo corrobora. “Lo puedo asegurar -dice- porque el llamado a plebiscito se decidió el sábado anterior al golpe. El presidente Allende nos reunió a Augusto Olivares, a Joan Garcés y a mí. Nos explicó la situación y decidió que ya no había más tiempo para deliberaciones y había que llamar a un plebiscito”.

Redactaron el llamado entre los tres, bajo la dirección de Allende. En horas de la noche, todo estaba decidido. Los cuatro cenaron en la casa presidencial de calle Tomás Moro y bromearon:

“Ojalá perdamos el plebiscito, así nos vamos para la casa a descansar”.

El domingo lo comunicaría el Presidente a los líderes de la coalición gobernante.

El lunes 10 de septiembre, Jorquera y Olivares hicieron los preparativos para el mensaje presidencial por cadena nacional de radio y televisión. Con sus manos El Negro Jorquera puso la banderita chilena en la mesa desde donde hablaría el mandatario. Pero Allende no llegaba.

Por fin hacia el mediodía, Salvador Allende arriba a La Moneda. Sin mayor preámbulo le comunica a Olivares y a Jorquera que no hará el anuncio del plebiscito.

El domingo se había producido una conversación del presidente que fue decisiva. “Había ocurrido -explica Jorquera- que el día domingo, entre la cantidad de visitas de políticos que fueron a hablar con el Presidente a la casa de El Cañaveral, fueron dos generales, de civil, que hacían gala de ser allendistas. Uno, el general Orlando Urbina, y el otro, el general Augusto Pinochet Ugarte.

Ellos dos -cuenta Jorquera- le propusieron a Allende aplazar el plebiscito hasta el miércoles, porque eso les daba tiempo para arreglar problemas internos que tenían en el Ejército».

Olivares y Jorquera reaccionaron con desconfianza. Insistieron en hacer el anuncio lo más pronto posible. Sin embargo, dice El Negro, Allende quiso tranquilizarlos:

“Compañeros, hemos esperado tantos días, tanto tiempo, que un día más o un día menos da lo mismo. El miércoles lo hacemos”. La frase de Jorquera es precisa: “No llegamos al miércoles”.

El martes vendría el golpe. Con una secuela de más de 5 mil ejecutados y desaparecidos, miles de torturados, decenas de miles de presos y cientos de miles exiliados. Carlos Jorquera cuenta que Allende lo intuía. Y fue una de las razones por las que quiso convocar al plebiscito, para evitar esa tragedia.

“El nos lo dijo con mucha anticipación. Salvador nos hablaba de eso, tenía la película clara de que lo que iba a pasar sería tremendo. Y lo fue. Por eso él quería llamar a plebiscito. Esa idea la tenía con mucha anticipación. Nos habló mucho antes de la decisión de impedir una masacre»” El plebiscito nunca llegó. La represión sí

El escolta del doctor .

Manuel Cortés, durante más de un año “chofer operativo” del presidente Salvador Allende. Junto a ingenieros italianos acondicionó los autos Fiat 125 que usó el presidente socialista durante su mandato, lo que incluyó “hacer pequeños blindajes especiales” de los automóviles. Fue, junto a otros 180 hombres, parte de la escolta “del doctor”. El martes 11 de septiembre de 1973, Cortés comandó al grupo de seguridad presidencial que protegió La Moneda desde la azotea y oficinas del Ministerio de Obras Públicas, justo enfrente del palacio.

La versión oficiosa fue que el presidente Allende se suicidó pasado el mediodía usando el fusil AK que le regaló Fidel Castro. Según esa versión, Allende, sentado en el sillón presidencial, colocó el fusil con el cañón en su mentón y disparó, destrozándose la cabeza.

“Nosotros, como escoltas, no podemos dar fe de que Allende se autoeliminó”, dice Cortés.

“Al lugar donde estaba el cuerpo de Allende, los primeros que entran son un reportero supuestamente de El Mercurio que, por lo que sabemos, era agente de la CIA. Fue el único que sacó todas las fotos. También entra el oficial Fernández Larios, de Inteligencia del Ejército que ahora está en Estados Unidos como testigo protegido porque les ayudó para culpar al DINA del asesinato del canciller Orlando Letelier en Washington. Es un hombre de la CIA. Y entró el general Pedro Espinoza, jefe de Inteligencia. En las dos únicas fotos que se han podido ver, aparece Allende con la camisa completamente limpia.

El cuello de la camisa también aparece blanco, limpio, sin manchas. Una persona que se dispara en la cabeza, lo que sangra es mucho. El tenía limpio el cuello y la camisa. Esa es una cosa que se contradice con la versión de la autoinmolación con el fusil AK”. Manuel Cortés, escolta de Allende, dice que las dos imágenes testimonian más confusiones.

“En una aparece medio recostado con el fusil AK arriba de las piernas, y en la otra foto está sentado en el sillón, no recostado, y con el AK parado en el suelo, entre las piernas, con la culata apoyada en el suelo. De partida, ahí hubo un montaje”.

Por cierto, hay informes de que los soldados, además de sacar las fotos, lo pusieron en el piso, lo desnudaron, lo revisaron y luego volvieron a vestirlo con sus ropas.

“Nosotros contradecimos que Allende estaba absolutamente solo. Por razones de seguridad y por razones de deformación profesional si se quiere llamar así, el Dispositivo de Seguridad jamás dejaba solo a Allende, jamás»” … en las conversaciones más íntimas, siempre había uno o dos de la seguridad con él, gente que era de extrema confianza de él. Prácticamente las 24 horas del día estábamos con él, mínimo uno al lado de él, incluso durante todo la noche cuando él dormía. Por lo tanto es imposible que Allende se haya quedado solo, imposible, imposible”.

Lo anterior es coincidente con versiones publicadas los años 1974 y 1975 que señalaban que Allende había combatido, después de despedir a sus colaboradores, junto a integrantes de la escolta, hasta que una ráfaga cayó sobre su cuerpo. Dos escoltas lo habrían cargado hasta el sillón presidencial y ahí lo habrían dejado colocando el fusil sobre sus piernas. Esos podrían ser los miembros de la seguridad heridos y asesinados posteriormente.

“Todas las personas que estuvieron al lado de él, todos los escoltas, murieron, los mataron posteriormente. Salieron vivos de La Moneda y posteriormente fueron desaparecidos. No tenemos testigos de lo que pasó”, explica el hombre del GAP (Grupo de Amigos del Presidente).

No sólo no quedaron testigos, salvo aquellos oficiales de Inteligencia y de la CIA. No hubo autopsia ni certificación médica, y a la viuda Hortensia Bussi no le permitieron ver el cuerpo. A 24 horas de muerto, ya lo estaban enterrando en un cementerio de la costera ciudad de Viña del Mar. Y las fotos que se sacaron ese día, salvo las dos citadas por Manuel Cortés, permanecen ocultas.

“Salvador Allende desde un principio fue majadero en reiterar que él iba a defender el mandato que el pueblo le había dado y defenderlo con su vida. En el acto público del Estadio Nacional, cuando fue Fidel Castro a Chile, Allende fue muy claro en decir que la única forma de sacarlo de La Moneda era acribillado a balazos. En las conversaciones internas que teníamos con él, siempre demostraba esa disposición”.

Cortés manifiesta que “la única estrategia era defender la posición del Presidente con la escolta, por el lado de la Plaza de la Constitución, y por el otro lado, hacia la Alameda y Plaza Bulnes, estaba toda la gente leal de la Policía de Investigaciones defendiendo. Al Presidente se le trató de mantener ese día en el centro de La Moneda. Los jefes de seguridad y de la defensa de Allende fueron Domingo Blanco (Bruno), Jaime Sotelo (Carlos) y Alejandro Montiglio (Aníbal). Los tres fueron ejecutados por los militares después de ser detenidos”.

“Dejamos de disparar, los que estábamos justo enfrente de La Moneda, cuando a los compañeros nuestros los sacan del Palacio a la calle, los ponen en el suelo y les colocan un tanque muy cerca y del tanque piden permiso a sus superiores para pasar por arriba de los cuerpos. Ahí estuvimos a punto de dispararle al tanque con un RPG-7. Pero decidimos ordenar un alto al fuego para ver qué pasaba. No queríamos que a nuestros compañeros los masacraran. Ya cuando decidimos no disparar más, es cuando sacan el cuerpo de Allende en una camilla, los bomberos y los militares. Todo terminó como a las tres de la tarde”.

Cuenta el escolta que “la relación (con Allende), eso la gente poco lo cree, era de compañero a compañero. Hubo gente del Partido Socialista, gente del MIR, unos pocos compañeros comunistas. Nosotros no le decíamos Presidente, le decíamos doctor. El nos trataba de compañeros. La relación era franca, fraterna y él buscaba al menos una vez al mes comer o almorzar en algún lugar para hacer un recuento del trabajo y hacernos las críticas y autocríticas correspondientes. A eso llegaban los niveles de amistad, de cariño que tuvimos con el Presidente Allende. El se plegaba a las disposiciones de seguridad que nosotros le poníamos. Para una persona tener equipo de seguridad le significa ir perdiendo gran parte de su intimidad. Estábamos con él todo el día, hasta cuando dormía. La relación era muy fraterna”.

“Lo único que hicimos nosotros ese 11 de septiembre –dice Manuel Cortés- fue defender la Constitución y la ley vigente. Hicimos lo que la Constitución mandata a todos los chilenos de defender el estado de derecho, la Constitución y al Presidente democráticamente elegido. Eso fue lo que hicimos”.-

(*) Nota publicada hace 10 años en el Suplemento “Masiosare” del diario mexicano La Jornada.

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