Hablemos de Programas

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Los grandes procesos sociales y políticos suelen caracterizarse por la existencia de abundantes reivindicaciones, quejas, propuestas, que en conjunto dan forma a un “programa” que puede ser más o menos coherente y “realista”. Todo programa lleva, en su esencia, los rasgos individualizantes de quienes lo formulan y de quienes aspira a representar. Esto se da, según las circunstancias, tanto en el carácter “nacional” que puede asumir, como, y es lo más frecuente, en su carácter de clase. Esto es, a qué sector social representa y se dirige.

Otra característica de un programa, cuando de gobernar una nación se trata, es que es producto de un proceso. Esto es, para ser calificado legítimamente de tal, un programa de gobierno no puede ser el resultado de un impulso profético o de la simple suma de diagnósticos y promesas, que es lo que caracteriza a las gestiones populistas y demagógicas.

Un programa real, creíble, es como un organismo o un ecosistema que se retroalimenta; es decir, que es coherente, armónico, jerarquizado. Y que contempla así como los objetivos, los medios y plazos para su realización.

Ningún programa que aspire a constituirse en una herramienta eficaz de cambios de significación puede eludir las preguntas del cómo, cuándo, con quién.

El cómo: los medios, estilos, formas tanto de propagarse como de llevarse a cabo.

El cuándo: los plazos intermedios y máximos de realización de sus distintos componentes, a partir de una jerarquización y un cronograma debidamente meditados y medidos.

El con quién: en otras palabras, el o los agentes encargados de su cumplimiento. Y éste, que más bien debiera figurar en el primer lugar de esta enumeración, es el factor de mayor importancia.

De su respuesta dependen tanto el surgimiento de un programa, en cuanto y en tanto su formulación nace de una comunidad de suertes y anhelos compartidos, como de la firme voluntad de convertirse en protagonistas o agentes del cambio que colectivamente se postula.

Un programa legítimo debe responder inequívocamente a un condicionante objetivo: el de tiempo. No es lo mismo plantearse una transformación en cualquiera etapa de la historia, sin observar si han madurado las condiciones para que sus grandes postulados sean asumidos por una mayoría social consciente y en estado de movilizarse para argumentarlo con las palabras y los actos.

Dicho en otras palabras, un programa no puede constituirse en una barrera, algo así como un examen de admisión que sólo puedan aprobar “los más concientes y los más aguerridos”.

Pero tampoco un programa puede rebajar el nivel alcanzado por las conciencias más avanzadas, y caer en el error de presentar la propuesta como la única posible, sin considerar que siempre habrá un espacio para dar otro paso adelante y que el hoy no es más que el trampolín para el mañana.

El Programa de la Nueva Mayoría, para la presidencia de la república y para el parlamento, es la suma dialéctica de las voluntades de vastos sectores que han concurrido a su formulación. No es el programa de ninguno de los partidos que integran la coalición opositora, tomados éstos en forma individual. Para algunos de ellos, puede ser más o puede ser menos…

Para el Partido Comunista de Chile, es el Programa de la Nueva Mayoría social y política que se abre paso en el Chile del 2013, y luego de la experiencia de 4 años con la derecha de vuelta al poder.

Se trata de una etapa necesaria, legítima y deseable. Y que más allá incluso de las nuevas sendas que abre para más profundas transformaciones, vendrá a satisfacer anhelos mayoritarios, a mejorar la vida de millones de chilenas y chilenos, a preparar las anchas alamedas para un país en auténtica democracia.

(*) Editorial Semanario El Siglo, edición N° 1688

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