Globalización Económica y la Necesidad de una Política Industrial en Chile

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El actual modelo de desarrollo en Chile impulsa el crecimiento del Producto Interno Bruto (PIB) como la panacea que solucionará la pobreza e incrementará los ingresos de los hogares a través de la generación de empleos. Sin embargo, la evidencia mundial (histórica y contemporánea) señala que es relevante para el bienestar de una población la manera en que el crecimiento económico de un país es generado y los procesos en que éste se materializa.

Contrario al discurso predominante en Chile, desarrollo –e incluso, desarrollo económico- es un concepto mucho más amplio que crecimiento; y, de igual manera, bienestar es una situación con muchas más dimensiones que sólo el contar con el ingreso suficiente para poder llegar a fin de mes. Condiciones como la estabilidad y la calidad del empleo, así como el tener tiempo para el ocio y la recreación –directamente relacionadas con la manera en que un país crece- son igualmente importantes para el bienestar de chilenos y chilenas, aun cuando muchas veces son puestos en un segundo plano en el discurso predominante.

El paradigma neoliberal que gobierna el manejo económico del país promulga que es mediante la participación en los mercados globales que se incentivarán nuestras ventajas económicas comparativas y alcanzaremos el tan añorado desarrollo. Este modelo, implementado durante los primeros años de la dictadura militar, se profundizó con la llegada de la democracia y la rápida proliferación de Tratados de Libre Comercio firmados con diversos países no sólo de la región y de Norteamérica, sino también de Europa, Asia y Oceanía (básicamente, con países de todos los continentes menos África).

La profundidad con que Chile ha adoptado el modelo de libre mercado y de inserción en la economía global se refleja en el hecho que el país es actualmente considerado una de las economías más libres y abiertas del mundo, tanto así, que figura sobre Estados Unidos -la gran referencia neoliberal- en diversos rankings internacionales (1).

El crecimiento económico basado en la promoción del sector exportador ha tenido un impacto importante en la geografía económica del país. Santiago se ha consolidado como centro industrial y terciario (servicios), mientras que el resto de las regiones han desarrollado e intensificado la dependencia de sus economías con su respectiva dotación de recursos naturales. En efecto, cerca del 90% de las exportaciones chilenas son recursos naturales con nulo o bajo nivel de procesamiento. Es decir, la mayor ventaja comparativa de Chile en los mercados mundiales son sus recursos naturales.

La evidencia para Chile muestra que en general los recursos naturales y sus derivados de bajo valor agregado (productos del mercado frutícola, forestal, pesquero, entre otros) compiten en mercados internacionales y están sujetos a altos niveles de competencia. Esto presiona hacia la disminución de los costos de la extracción y producción, y a satisfacer los altos y bajos de una demanda internacional oscilante; lo cual, por su parte, repercute en la generación de empleos de baja remuneración y alta vulnerabilidad (la contraparte en el mercado laboral de la famosa ‘economía flexible’).

Tenemos que volver a poner lo social al centro del actuar del Estado, y reconocer entonces que el manejo económico es importante en el día a día de chilenos y chilenas, y que por lo tanto, es importante que el Estado tenga un mayor rol económico y señale el norte de las iniciativas privadas.

Si bien es posible generar industria en torno a productos intensivos en recursos naturales, así como también encadenamientos productivos con el resto de los sectores económicos (transporte, infraestructura, servicios, entre otros) y Chile tiene experiencias relativamente exitosas en esta materia, hay un límite para la innovación tecnológica en el sector de los recursos naturales.

En términos simples, aun cuando existe un relativo espacio para la innovación tecnológica enfocada en bajar los costos de producción, éste espacio es bastante más acotado en innovaciones enfocadas en modificar el producto final y por tanto, en innovaciones que incidan en el precio del producto. No es mucho lo que una empresa puede hacerle a un salmón o a una manzana, antes de estar listos para ser consumidos.

Por otra parte, el proceso de integración de Chile a la economía mundial ha estado caracterizado simultáneamente por una desconexión con lo nacional. Además de la dependencia de la estructura exportadora en nuestros recursos naturales, el manejo y los beneficios de estas exportaciones se han concentrado en las manos de un pequeño grupo de empresas con poca vinculación con las economías locales, lo cual a su vez pone límites prácticos a la generación de encadenamientos productivos si no existe un mayor involucramiento estatal.

Chile necesita pensar en una política industrial. La experiencia de los países que han logrado modernizar sus estructuras productivas (e incluso, la experiencia de casos emblemáticos en Chile como el desarrollo de la industria vitivinícola) nos dice que necesitamos un rol más activo del Estado en liderar el futuro económico de nuestro país.

El crecimiento económico no es un proceso que ocurre en abstracto y no podemos pretender que vamos a pasar naturalmente de ser un país exportador de recursos naturales manejados por un número pequeño de grandes empresas, a exportar bienes de mayor valor agregado y con una estructura productiva y de propiedad más heterogénea. Chile ha crecido últimamente acumulando experiencia y capital en la explotación de productos minerales, agrícolas, forestales y marítimos, entre otros, y no hay incentivos para que el libre funcionamiento del mercado elija otros caminos.

Nuestras capacidades, maquinarias, trabajadores no van a transferirse mágicamente a otras industrias como lo plantean los libros de economía. En otras palabras, no se puede pensar en capital y trabajo como dos insumos abstractos que una vez acumulados en determinados sectores productivos puedan transferirse fácilmente a otros más dinámicos.

Si queremos asegurar una mejor calidad de vida a nuestra población, es necesario que tengamos un enfoque más sistémico al pensar políticas públicas. En el contexto de un manejo económico que no se cuestiona y una economía liderada por ambiciones privadas en un ambiente de alta competencia, las políticas sociales siempre van a ser parches. Tenemos que volver a poner lo social al centro del actuar del Estado, y reconocer entonces que el manejo económico es importante en el día a día de chilenos y chilenas, y que por lo tanto, es importante que el Estado tenga un mayor rol económico y señale el norte de las iniciativas privadas.

Bajo la misma premisa anterior (necesidad de un enfoque sistémico en las políticas públicas), es también necesario re-pensar la manera en que Chile se integra a los mercados globales por al menos dos razones. Primero, la confusa red de Tratados de Libre Comercio firmados durante la última década pone trabas para que Chile implemente una eventual política industrial, en tanto restringe la capacidad del Estado para subsidiar exportaciones no tradicionales, proveer incentivos económicos a la producción industrial y diversificar nuestra canasta productiva y exportadora.

Segundo, no sólo es importante que desmitifiquemos las políticas industriales como algo que no funcionó en el pasado (de hecho, las políticas implementadas durante el periodo de industrialización para la sustitución de importaciones en Chile difícilmente puede ser catalogadas como una verdadera política industrial, pero eso da para otra columna), sino que también pensemos en una política industrial que se adapte al contexto actual.

Dado que vivimos en un mundo altamente globalizado en el cual el poder de un país pequeño y de escasa población como el nuestro es cercano a nulo, y dado que la evidencia para nuestro país muestra que los productos de mayor elaboración y valor agregado tienden a funcionar en mercados de carácter más regional que mundial; es importante que volquemos nuestra atención a Latinoamérica y desde ya comencemos a pensar en caminos de cooperación política, productiva y económica.

En este sentido, ideas que hoy parecen radicales tales como políticas de industrialización complementaria con el resto de los países de la región y coordinación estratégica al momento de insertarse a la economía global, no debiesen estar tan alejadas del sentido común.

Es hora que la estrategia de desarrollo de Chile deje de ser no tener estrategia alguna.

(*) Economista de la Universidad de Chile con Magíster en Estudios de Desarrollo en la London School of Economics y estudiante de PhD en Planificación de Desarrollo en University College London.

Fuente: Sentidos Comunes

(1).- El índice Global Opportunity (2013) posiciona a Chile -sobre EEUU- en el lugar 18 entre 98 países. El índice Economic Freedom (2012) posiciona a Chile en el lugar 7 entre los países con economías más libres, EEUU está en el lugar 10.

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