Funeral de Estado para una Generación

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La castrante inhabilidad clínica diagnosticada dramáticamente al candidato único de la derecha, Pablo Longueira, retrata con precisión macabra el estado de su sector. En especial, de una generación. La de los coroneles en la UDI y la otrora patrulla juvenil en RN. Allamand alguna vez dijo que la Concertación sufría fatiga de materiales. Era cierto. Pero en paralelo su propia generación también se iba cansando, abatiendo, disminuyendo. No todos son Piñera.

En efecto, el ascenso de Piñera en 2010 fue la única vez que la generación de Longueira pudo cantar victoria a lo largo de una contienda política de más dos décadas contra su archirrival. Hasta entonces, la UDI y RN asociadas habían perdido un plebiscito, cuatro presidenciales, cinco parlamentarias y cinco municipales. Sin embargo su primera línea seguía ahí, sin pagar costo alguno y sin hacer mayores concesiones. Conscientes de que nadie les disputaría el poder y aprovechando el seguro contra la derrota que garantiza hasta hoy el sistema binominal.

Jovino Novoa y Andrés Allamand lo dijeron: si no ganaban con Piñera, era una generación marcada por el fracaso electoral que debía dar un paso al costado. Pero Piñera ganó y con su victoria se despertaron las ambiciones nunca del todo dormidas de su generación. El Presidente olfateó bien el escenario y comenzó por mantenerlos a distancia. No alcanzó a pasar un año y comenzó el reclutamiento de los viejos cracks: Allamand, Matthei, Chadwick, Longueira. La alternancia no había significado necesariamente la renovación de los cuadros.

Entonces creyeron que todavía había espacio para seguir. Sin un arraigado principio de responsabilidad política y sin una generación menor lo suficientemente poderosa y valiente como para desafiarlos, naturalmente estimaron que todavía era su turno. Jovino Novoa entendió antes que el resto su propia caducidad. Dijo que no seguía en el Congreso y apostó por Laurence Golborne: rostro fresco, savia nueva. Las razones por las cuales cayó no invalidan la tesis de Novoa, pero cuando cayó su apuesta él cayó con ella.

Tampoco surtió efecto la de Allamand. El otrora político más preparado de la derecha para ser Presidente, como alguna vez lo llamó Carlos Peña, una vez más resbaló en los azares de por sí resbaladizos del poder. Se debatió sin éxito entre el candidato tradicional del orden y la autoridad mientras invocaba al centro para contener el éxodo de liberalotes, como los llamó Larraín, que emigraban al velasquismo.

Y ahora esto. Una lamentable enfermedad deja fuera de combate al vencedor de la histórica primaria del 30 de junio. Una postal trágica. Un remezón existencial para los que lo conocen. Y también el síntoma de un “no va más”. La caída de Longueira es la caída de su generación.

Mirando hacia adelante, hay dos tareas.

La primera, esencial, un funeral de Estado para la generación de los coroneles y la patrulla juvenil. Con honores y cañonazos. Con todo el respeto y el agradecimiento que se merecen. Fueron la generación que condujo la transición y, entre vetos y acuerdos, nos legaron un país mejor que el que conocieron al llegar. Muchos de ellos, por primera vez en décadas, no estarán en el Congreso ni en La Moneda a partir de marzo de 2014. Es importante rescatar su sabio consejo, pero en ningún caso alentarlos a seguir en esta teleserie. Los retiros dignos no son con elástico.

La segunda tarea va ineludiblemente asociada a lo anterior. Para que ellos puedan descansar tiene que salir gente al camino dispuesta a llevar el testimonio. Hasta el momento ni en la UDI ni en RN las nuevas generaciones se han demostrado capaces, ya sea por temor reverencial o escaso acceso a las fuentes de financiamiento determinante. Esa deuda es capital para entender el descalabro. Rehuir culpa es infantil. En Gran Bretaña, ni Tony Blair ni David Cameron esperaron a cumplir cuarenta para tomar el control del laborismo y el conservadurismo respectivamente. Sencillamente se cansaron de mirar.

El principal enemigo de la generación de recambio, paradójicamente, es el propio Presidente. Como encarnación ohigginesca de Freddy Turbina, Piñera siente que tiene cuerda para rato. Y no faltan quienes lo alientan a pensar en el 2018. Craso error sería para los desafiantes engordar ese animal. La teoría de los “puentes” entre generaciones funciona tarde, mal y nunca. Para avanzar, hay que cortar en algún lugar. La paliza que les va a dar Bachelet bien amerita una poda de liderazgos y, aunque sea injusto, Piñera también tiene que salir del escenario.

En la centroizquierda, no nos equivoquemos, el panorama no es menos preocupante. Pero mientras tengan en su poder la piedra filosofal de Michelle el resto no parece imperioso ni acuciante. Sin embargo, la verosimilitud de la tesis del fin del ciclo político y el comienzo del uno nuevo depende, en grado sumo, de que los intérpretes del Chile que viene sean distintos de los compositores del pasado. Los hombres y mujeres de ayer no pueden ser los hombres y mujeres de mañana.

Este es el momento maduro para matar al padre. Ya no es una rabieta sino un imperativo. Ya no es un clamor subterráneo ni quejumbroso sino una constatación política. Es el momento de los osados. Para superar la vara alta que nos dejaron los que hoy despedimos y por el bien de Chile.

Bajo este pretencioso título, queremos, de manera sin embargo sencilla, considerar lo que bien podría ser el fondo de los debates que se han instalado con fuerza en nuestro país: la relación de la política con la sociedad. En otras palabras, cómo a través de la política la sociedad se expresa y dispone de los mecanismos para hacer oír su voz y pesar en las grandes decisiones.

Es claro que, así como habría que denunciar la ridícula pretensión hegemónica y excluyente de quienes se consideran integrantes de una “clase política”, habría que inclinarse hacia lo que debiera entenderse por “sociedad”.

Lo que tratamos de exponer es qué es, cómo se compone y cómo se comporta esa “sociedad”. Y a este respecto, lo primero que habría que superar es una concepción que hiciera de ella un conjunto homogéneo, en el que todas las partes fueran iguales y comunes sus objetivos.

En toda sociedad capitalista –o burguesa, si se prefiere- está en su naturaleza el que la tal sociedad no sea sino el conjunto de sus componentes: esto es, de sus clases sociales.

Y es natural que las aspiraciones, surgidas de su ser mismo y de su realidad vivida diariamente, sean distintas según sea el sector social al que cada uno, individualmente y en conjunto, pertenezca.

Al estado de permanente conflicto que deriva de la realidad de intereses contrapuestos en el ámbito de la producción, se suman otros factores que van desde la naturaleza de las instituciones del Estado, hasta las formas que adopta la disputa ideológica; esto es, la batalla por las conciencias, que se libra de mil maneras y privilegiadamente en las aulas y en los medios de comunicación.

Que los trabajadores, entendidos éstos en un sentido amplio que implica tanto el cuello y corbata como el overol y la herramienta, sean una mayoría en la población (otra forma de hablar de “sociedad”), es algo que nadie discute. Pero aquí aparecen las argucias de quienes postulan que a partir de cierto nivel de ingresos o de aprendizaje escolar o superior, se produciría una fractura que haría de unos “el pueblo” y de los otros una cierta “clase media”.

Es evidente que las “aspiraciones” de unos y otros se identifican, aunque en grados muchas veces diversos, en las necesidades básicas de salud, educación, vivienda, previsión.

Por otro lado, la “clase empresarial” dista mucho de conformar una unidad, pues quién podría seriamente alinear en una misma categoría a los empresarios pequeños y medianos con los propietarios e incluso los gestores de los grandes conglomerados que se han conformado sobre la base de compras, fusiones o propiedad compartida para  controlar el mercado.

Para ser justos, habría que tener por “natural”, o al menos comprensible, el que quienes pertenecen a la minoría privilegiada reclamen derechos que al buen sentido sólo les parecerían propios de las mayorías. Y que esos mismos sectores minoritarios se arroguen la representación del conjunto de la sociedad, de la que apenas si forman parte, tan alejados del común de la gente están su realidad e intereses.

Parecería en extremo fácil acudir para resolver contradicciones y conflictos, introducir la noción de “representatividad”, dando por hecho que cualquiera sea su forma ella es “el pilar” de la democracia. Y aquí es donde asoma “la madre del cordero” y la relación entre política y sociedad con que abrimos está página. Pues se trata ni más ni menos de eso: de cómo la política sirve a la sociedad como un espejo a la vez que un camino.

Ante la evidencia de cuánto tiene de irracional la institucionalidad política instaurada en Chile a sangre fuego en circunstancias de todos conocida, surgen propuestas que intentan, algunas abrir paso a cambios de fondo y, otras, a proponer algunas concesiones que bajen la presión y permitan que en su esencia todo siga igual.

Y allí radica el fondo del debate, y por eso es de tanta trascendencia el que nuestro pueblo –trabajadores, estudiantes, pueblos originarios, minorías discriminadas o postergadas- se constituyan en esa “Nueva Mayoría” que se prepara para poner el timón rumbo a la democracia; es decir, a un sistema político en el que impere una racionalidad que de ninguna manera dejará de tener muy en cuenta la necesidad de los grandes acuerdos y el consiguiente respeto y consideración hacia todos cuantos no compartan la totalidad de sus idearios.

(*) Profesor de la Universidad Adolfo Ibáñez.

Fuente: El Mostrador
http://www.elmostrador.cl/opinion/2013/07/18/funeral-de-estado-para-una-generacion/

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