Ese Sutil Fascismo Televisivo

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La televisión, de modo insistente y programático, impone una cosmovisión que aparenta ser plural y global pero que en realidad nos ofrece una imagen del mundo cerrada en sí misma, totalizante y dictatorial asumiendo una pretensión de universalidad característica de las religiones oficiales, tan en descrédito por estos días.


La televisión, sin duda alguna, ha terminado por volverse el protagonista de la vida de los habitantes de nuestro país. Gracias a ella acabamos, de un modo u otro, de enterarnos de eso que –nos guste o no- terminamos aceptando como “la realidad” en que vivimos, nos movemos y existimos. De manera casi trasparente la tele se ha instalado en nuestras casas, pasando desde el haber tenido un lugar especial para ella hasta llegar a ocupar el centro de nuestra vida cotidiana.

Es ella, tal como aprendemos en la escuela, quien que posee la misión de educar, entretener e informar. Es quien acompaña, sanciona y genera los criterios para evaluar la vida de todos aquellos que consumen sus programas, como de aquellos que no los consumen.

En este sentido nadie se salva de su espacio de poder. La tele sanciona la existencia y las tendencias, determina la entretención, ofrece las pautas de conversación y diálogo… desplazando y ocupando el viejo -y postergado- lugar de la religión, terminando por ofrecernos una  Weltanschauung o visión de mundo coherente, fácil de asimilar y muy sencilla de disfrutar.

La televisión, de modo insistente y programático, particularmente en la llamada ‘televisión abierta’, impone una cosmovisión que aparenta ser plural y global pero que en realidad nos ofrece una imagen del mundo cerrada en sí misma, totalizante y dictatorial asumiendo una pretensión de universalidad característica de las religiones oficiales, tan en descrédito por estos días. 

Esta “visión global” de la realidad traspasa cada programa y cada segmento televisivo permitiendo la inclusión del telespectador en la posibilidad de articular un sentido al conjunto de experiencias que le permiten situarse ante el mundo y la naturaleza. No se trata sólo de una cuestión meramente teórica, sino más bien de una cuestión vital y pragmática.

La televisión ha demostrado ser el más hábil método de control de masas: la hegemonía que Gramsci otorgaba a la educación se logró simplemente con la acentuación de la entretención en la televisión. Sin educación de calidad, sin información crítica, la entretención se desbanda más allá de todo límite hasta la banalidad y frivolidad ilimitada.

De eso sabemos bastante… baste mirar los programas matinales que cada canal ofrece, donde las cosas más nimias y carentes de sentido adquieren centralidad repetitiva.  Esta situación se desarrolla cada día con el objetivo -tácito o explícito- de instaurar no sólo un marco orientativo de toda acción práctica de los individuos, sino que apunta hacia la articulación de ideas y creencias, juicios de valor, actitudes vitales y sentimientos… Es decir, nos está permanentemente señalando el cómo debemos situarnos ante el mundo.

Al postular una visión de la televisión como medio de imposición de una cosmovisión no busca moverse en el lugar común de la crítica de los contenidos que emite, sino se apunta a una comprensión más profunda, al tiempo de desconcertante, ya que la televisión es su contenido, constituyendo de suyo un “sistema de creencias”, que no es propio de un grupo social determinado, ya que más bien constituye un grupo social (los telespectadores), tal cual como lo hacían las ideologías, sino más bien de manera invertida: proponiendo la construcción de un buen lugar para algunos termina generando un mal lugar para todos.

Lo grave de esta permanente presencia televisiva es que instaura un lenguaje técnico común a los diferentes grupos sociales que, consumiendo sus contenidos, participan de una visión total de la existencia, que no es solo oficial sino el sostén de todas las otras que pudieran emerger.

Tal como decía Pepe Tapia en los años 80: la televisión penetra: en las conciencias individuales y sociales por medio de creencias y actitudes vitales, que genera e impone, a través de postulados que no permiten una clara justificación racional, sino más bien genera un núcleo afectivo indiscutible que, de manera definitiva, se convierte en una fe casi irracional, que ofrece una interpretación de la historia y del hombre que se impone de modo cotidiano y trasparente por medio de la acentuación de la fragilidad y transitoriedad del acontecimiento.

No se trata de sólo de lo presentado en los noticieros o en la programación (des)informativa permanente, sino en la constante y acelerada acentuación de la entretención como experiencia fragmentaria y dispersiva que marca todos los programas de continuidad, manifiesta en las franjas culturales, los realities o en los variados –además de variopintos- programas de farándula.
Esto no admite una clasificación taxonómica entre televisión seria y de entretención ya que se trata de la imposición de un modo único de comprensión de todo lo relativo a la experiencia humana. Lo que la tele dice es aquello que es.

Pier Paolo Pasolini, el temido humanista italiano de siglo XX, entre las décadas de los años 60-70 entendía el fenómeno de la televisión como el gran eje de nervadura para la sociedad postindustrial. La televisión emerge como una única fuerza capaz de extrañar todas las ideologías, menos aquella del consumo, que es donde se articula y hace parte. Pasolini lo caracteriza como un proceso de imposición ideológica, entendido como “homologación destructora de la autenticidad y de la concreción” de las diferencias propias de las clases sociales.

Se trata de una homologación cultural que antes del avenimiento de la sociedad post-industrial llevaba a cabo la religión, que no eliminaba ni suprimía las diferencias culturales de las clases sociales que constituyen a una nación. El sentimiento de participación y pertenencia–manifiesto como conciencia social o de clase- comenzaba a ser suplantado por un hedonismo de masas dirigido a la aniquilación y destrucción de las diferencias y matices que las diferentes clases sociales que encontraban espacios de identidad en la experiencia religiosa.

Como ideología, postula Pasolini, la televisión terminaría por generar un clima de frustración y neurosis, al imponer un ideal de hombre y de mujer que, en términos prácticos, aparece imposible de conseguir por el individuo común y corriente.

El resultado de esta imposición es la generación de una nueva cepa de violencias, no sólo entre las clases más desposeídas, sino en nuestras pretendidas clases medias y emergentes, que al encontrarse bajo la ilusión de participación del mundo del mercado terminarán por descubrir que sus vidas se encuentran cada vez más y más sumidas en la creciente necesidad y en el incumplimiento de sus expectativas más íntimas. La homologación de las visiones de mundo no garantiza la estabilidad social, por el contrario constituye el caldo de cultivo de violencias que tarde o temprano nos pasará la cuenta.

(*) Doctor en Filosofía, Pontificia Universidad Antonianum de Roma, Académico de la Universidad Alberto Hurtado.

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