Entrando a Tierra Derecha

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Ya en plena tierra derecha, la campaña electoral asume formas cada vez más agudas. De una parte, las “credenciales” de las diferentes candidaturas presidenciales en un debate que no desprecia ciertas inclinaciones farandulescas; de otra, la preeminencia de los programas, que deben necesariamente dar cuenta de las aspiraciones de “la gente”. Para enfrentar el fantasma de la abstención, no hay otro camino, todos concuerdan en ello, que hacerse cargo de las demandas ciudadanas, responder al clamor de justicia social y superar el estadio de los ofertones para argumentar los cambios y prepararse seriamente a realizarlos.

En paralelo, las parlamentarias, instancia en la que se abre el camino para rescatar por la vía de los doblajes esa alta sobre representación de la derecha y hacer posible, con el apoyo legítimo y previsible del movimiento social, las transformaciones a las que cierra el camino una institucionalidad política diseñada astuta y perversamente por los poderes dictatoriales.

Agréguese a ello la novedad de que los consejeros regionales (los Core), serán desde ahora elegidos directamente por la ciudadanía, y tendremos la perspectiva de que cada una y cada uno pueda volverse “incidente” en su propio destino.

Argumentan algunos, y por cierto no siempre de mala fe, la “ventaja” de esperar a una segunda vuelta para la decisión presidencial. Para ello, elevan a “movida inteligente” ya sea el voto en blanco como la abstención. Olvida esta opción táctica el efecto que tendría el que ya en primera vuelta quedara la derecha reducida a lo más cercano a una representación acorde porcentualmente a su “peso sociológico”. Esto es, una votación que reprodujera lo más fielmente posible una realidad demográfica: que los dueños del sistema, los beneficiados extremos del modelo, son a lo más el 10% de la población. Sin olvidar ese 1% que se lleva lo “más mejor” de una torta amasada por esa otra “porción” de los chilenos y chilenas que apenas si aportan su trabajo…

Como siempre, se trata de un conflicto social que deriva del enfrentamiento de clases y sectores sociales de intereses contrapuestos y, por ello, irreconciliables.

Pero ello no significa que estemos ante la imposibilidad total de acuerdos de bien común que se basen tanto en la racionalidad para caracterizar el momento actual, como en el democrático privilegio de las mayorías para orientar y dirigir el país en el marco de una institucionalidad democráticamente legitimada.

De atenerse solamente al espectáculo de una derecha a la deriva, con una candidata (la tercera) obsesionada por no quedar relegada a una tercera posición, ya no le quedaría a la Nueva Mayoría otra tarea que sentarse a esperar una cosecha feliz. Pero, las realidades suelen ser más complejas que los pronósticos optimistas y los deseos buenos. Y en este sentido y estos días, no estará demás advertir que “en la confianza está el peligro” y, para seguir con los proverbios, que “el que pega primero, pega dos veces”, y etc.

Los problemas que enfrentaremos como país y las definiciones que habrán de sobrevenir en los próximos años, son de tal envergadura que para enfrentarlos se requiere una alta cuota de lucidez y decisión ciudadanas.

Así, pues, a abordar desde ya esta gran tarea cerrando filas para, como gran prioridad, arrinconar a la derecha pinochetista. Y, en el mismo impulso, a sentar las bases de los grandes acuerdos sociales y políticos en el que los trabajadores y el conjunto del pueblo asuman el papel protagónico para el que están destinados desde siempre.

(*) Editorial semanario El Siglo, edición N° 1687

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