El Bombazo, el “Periodismo de Investigación” y Carlos Peña

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Por Leopoldo Lavín Mujica (*)

Carlos Peña saltó sobre la ocasión (El Mercurio, 14 de septiembre de 2014) para defender un “reportaje de investigación de Canal 13 justo después del bombazo” en el que se “insinuaba la vinculación de colectivos estudiantiles con la violencia” (son los términos de Peña). El producto “periodístico” en cuestión fue difundido en un contexto político social sensible ya que con el acto de terror resultaron 14 personas heridas en la estación del metro Escuela Militar.

 

La posición del Rector, si bien es coherente desde un ángulo formal de defensa del derecho democrático a emitir su opinión en la esfera pública, no tiene asidero alguno desde el punto de vista del profesionalismo periodístico que debe guiar en todo momento la producción de un reportaje televisivo (que se dice de “investigación”) y que al ser difundido fue visto por al menos seiscientos mil chilenos. Menos aún si quien así se expresa por escrito es rector de una universidad de prestigio en el país y que, por lo tanto, debe considerar aspectos propios de la disciplina específica en cuestión para emitir un juicio: la periodística, materia enseñada de manera racional (no pasional, sino según criterios científicos) en su universidad.

Porque sólo una justificación de sesgo esquizofrénico podría sostener que una cosa es dar su opinión como columnista estrella de El Mercurio y otra, completamente diferente, es referirse al tema como rector de universidad.

Peña se pregunta: “¿Tenía derecho Canal 13 a efectuar esa vinculación?”. “Sí”, se responde en su columna dominical leída por un selecto público de seguidores entre los cuales se encuentran, según reportajes aduladores del Rector, connotados miembros de la elite política de la oposición aliancista y de la Concertación-Nueva Mayoría.

Aunque bien sabemos, después de la “Teoría de la disonancia cognitiva” de León Festinger, que es de lo más normal que así sea puesto que un público determinado busca ser confirmado en su opinión y opciones que le convienen. Es lo que hace Carlos Peña cada domingo: justificar cada vez más las posturas de El Mercurio, fiel exponente de las posiciones ideológicas de la elite tanto en el plano nacional como internacional.

El tema, aparte de los aspectos legales, era y es de de un impacto emocional evidente. Simplemente porque transitando por el lugar donde estalló la bomba, cualquiera de nosotros hubiera podido encontrarse allí —y ser herido— como un ciudadano más entre los que están constreñidos a utilizar ese medio de transporte para ir a trabajar y ganarse la vida (¿no es acaso el metro-TranSantiago sinónimo de transporte de la fuerza de trabajo asalariada y de estudiantes? ¿No podría organizarse un movimiento social por su gratuidad, que el bombazo contiene? ¿A quién le es objetivamente útil entonces este tipo de acciones? ¿No se encuentra esta acción sigilosa y “hermética” en su gestación en las antípodas de lo que es la movilización y la acción colectiva del movimiento estudiantil por la educación pública y gratuita votada en asambleas abiertas, plurales y debatidas?).

Lo anterior explica el interés público, político y humano por el bombazo y sus circunstancias, además de lo delicado que debe ser (factor ético) el tratamiento profesional de cualquier mensaje y difusión cuando no son más que “interpretaciones” o “sugerencias” —como lo sostiene el mismo Peña— pero no hipótesis investigadas con seriedad, tino y paciencia tal como lo recomienda un documento de la UNESCO sobre el periodismo o reportaje de investigación (*). A lo que se añade la variable política coyuntural de movilización estudiantil por demandas en suspenso.

Convengamos que es en estos momentos de extrema tensión generadora de discursos alarmistas y emotivos donde el trabajo de entrega de información pertinente y veraz por los periodistas, con el visto bueno de los directores de prensa de los medios, debe mostrar un alto nivel de exigencia y profesionalismo según las reglas propias del campo periodístico. Y éstas existen y deben ser estudiadas y aprendidas en las escuelas de periodismo.

Es en este tipo de situaciones donde los especialistas, antes que hacer entrar la ética (o código de deontología de la profesión), se refieren a estándares de calidad de las prácticas periodísticas en la producción de la información y de reglas a seguir que permiten evitar los despeñaderos sensacionalistas. Es con este fin que se establece una neta diferenciación entre los géneros periodísticos. Porque una cosa es el periodismo informativo, otra el periodismo de opinión y otra muy diferente es hacer periodismo de investigación. La confusión de géneros lleva a Peña —todo indica que es ignorante en el tema— a afirmar: “Por supuesto, el Canal 13 puede estar equivocado y su insinuación ser errónea; pero de ahí no se sigue que haya razones para impedir que la divulgara.”

No es un tema banal que se soslaya, como lo hace Peña, apelando a consideraciones generales del tipo “todo se vale” (*); todos podemos equivocarnos: una especie de relativismo democrático que lleva a defender la incompetencia en el plano periodístico y a minimizar la responsabilidad de “profesionales” en el montaje de esquemas de percepción ideológicas, en la manipulación (de los entrevistados), en la amalgama (violencia=movilización estudiantil) o en la desinformación pura y simple. ¿Puede hacerse un informe jurídico sobre los proyectos de la Barrick Gold sin considerar a fondo la legislación minera y ambiental sobre el tema y su impacto sobre el medio a partir de los contextos actuales del conocimiento de la fragilidad de los ecosistemas? ¿Pueden estipularse las mismas consideraciones que hace cuarenta años? ¿Puede un médico hoy desestimar las huellas de violencia física en una mujer, un niño o un anciano?

Si bien el deber de los ciudadanos y de la academia es permanecer vigilantes y críticos ante el poder mediático concentrado y sometido a la lógica del dinero y a lo que ello significa en términos de amenazas para una democracia real (la familia Luksic pudo comprarse el Canal 13 para influir sobre las mentes y la agenda política y no cualquier ciudadano puede hacerlo; Peña escribe en El Mercurio quien lleva el estigma histórico de haber sido financiado por el imperialismo de Kissinger y Nixon para derrocar al presidente Salvador Allende e imponer el terrorismo de Estado sin todavía haber pedido perdón al país por ello; es conocida la animadversión declarada contra el movimiento estudiantil del director general de prensa del Canal 13 Cristián Bofill), este tipo de argumentos tampoco basta para responder al problema de los estándares que debe exigírsele al periodismo en el plano no sólo de la ética sino de las reglas de la profesión. Es precisamente lo que Peña ignora o soslaya.

Un buen director de prensa que hiciera bien su trabajo: que controlara bien los impulsos casi pasionales del rating, de la primicia y del reflejo ideológico primario de hacer la forzada vinculación en el reportaje entre acción colectiva y violencia estudiantil no hubiera difundido ese reportaje. Peña está obligado a saberlo: es rector de una universidad donde se enseña el periodismo como profesión que se enmarca en ciertas reglas definidas de producción de un bien público democrático como la información y en parámetros éticos de control del oficio.

En definitiva, El rector aconseja mal a esa elite a la cual se dirige (¿y a los alumnos de su universidad qué?). La incita a promover un periodismo sensacionalista que está sometido a la presión del mercado y a la competencia entre los canales y medios para atraer audiencias y financiamiento publicitario (Pierre Bourdieu, que el mismo Peña cita a menudo, habla en términos de “mecanismos a los cuales están sometidos” los periodistas debido al “efecto del campo periodístico” sobre ellos “que tiende a colocar toda la práctica del periodismo bajo el signo de la rapidez o de la precipitación y de la fluidez”), pero que sacrifica el derecho democrático a una información de calidad pertinente y veraz (****)

(*) http://unesdoc.unesco.org/images/0022/002264/226457s.pdf

De aquí se desprende que el periodismo de investigación da respuestas, revela, no deja planear dudas ni sugerencias alarmistas que mancillan la reputación de individuos o intenta criminalizar a un movimiento social; evita las interpretaciones antojadizas y apresuradas.

(**) Interesante el comentario en Radio cooperativa: Nueva Mañana de Cooperativa con Cecilia Rovaretti y Vasco Moulian sobre el polémico reportaje de Canal 13 “Radiografía a los colectivos estudiantiles”: https://www.youtube.com/watch?v=PEGV-ybyFPw

(***) Ver: Actes du colloque fondateur du centre de recherche de l’Ecole Supérieure de Journalisme (Lille), Les cahiers du journalisme, Juin 1996, n°1. http://www.homme-moderne.org/societe/socio/bourdieu/Bjournal.html

(****) Bourdieu también insiste en el documento de arriba en la “sumisión” ante sus jefes de lo jóvenes periodistas que deben transgredir el código de deontología de la profesión para dar “golpes” periodísticos con el fin hacerse un lugar en la profesión y en el medio.

(*) B.A. en Philosophie et journalisme et M.A. en Communication publique de l’Université Laval, Québec

Fuente: Clarín

 

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