Chile: Lo que Necesitamos Recordar a 40 años del Golpe

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¿Qué y cómo recordar el fin de la Unidad Popular hace 40 años? En esta fecha inmensamente simbólica, en que el escenario se muestra propicio para realizar una reflexión acerca de las marcas, las secuelas o los traumas que generó la violencia de Estado en un país como el nuestro, no faltará quien, con muy buenas intenciones, desee hacer un recuento de heridos, balas, muertos, desaparecidos, desorientados, escabullidos e impunes.

Sin embargo, no es lo que yo quisiera decir en estas líneas, y no porque sea irrelevante medir, cuantificar, dimensionar el dolor y el impacto del Golpe en millones de personas, sino porque eso está bastante dicho y sigue localizado ahí donde también está la inexorable impunidad con la que este país ha tratado el tema de las violaciones a los derechos humanos pasadas y presentes.

Yo quisiera hablar de algo distinto, no porque crea que dicho con otras palabras la dolorosa realidad cambie, sea otra; no se trata de esa clase de poder que algunos le suponen al lenguaje, casi naïf diríamos, ese cliché en el que se ha transformado eso de que “el lenguaje construye realidad”.

No es por eso que quiero hablar de otra cosa, sino porque cuando se habla de memoria, es preciso hablar también del olvido –como diría Todorov–, del derecho al olvido y de la funcionalidad del olvido. Nuestra memoria está en disputa todo el tiempo y se resignifica a cada momento, y a 40 años del Golpe, creo humildemente que se hace urgente disputar las representaciones de esa época, para que sea parte de aquello en lo cual también se siembra la vida, incluso donde la vida gana.

Por ello me rebelo contra la reducción del pasado a un recuento de los daños, pues curiosamente, en la medida en que la hegemonía ideológica es más fuerte, más conveniente e inmenso es el olvido del pasado de las organizaciones, el olvido del hacer cotidiano, del gesto leal pero invisible, del amor, de la valentía, de todas esas cosas en las que le ganamos a la muerte, o sea, que permiten que estemos vivos y podamos recordar.

Ahora se cumplen 40 años, yo nací en plena dictadura, mis padres, como muchos compañeros, estuvieron presos antes de eso. Crecí en dictadura, me cambié de casa en casa. Tuve miedo muchas noches, pero otras muchas no. Crecí, como muchos hijos, bastante pobre. Tuve una familia inclasificable, esa en la que los compañeros existían: ni nuclear, ni ampliada, ni ensamblada; otra cosa: la de la organización de la gente pobre, que trabaja y que resiste; esa familia. Una familia como esas que están detrás de los personajes de los documentales, donde los compañeros eran parte cotidiana de la vida, cuidaban niños, hacían comida y se levantaban doloridos todos los días a escuchar la radio Cooperativa con temor, pero con valentía.

Los niños éramos un amor caro, porque aumentábamos el riesgo, porque de una u otra forma transformábamos a los luchadores políticos en personas vulnerables, chantajeables con el peor de los castigos. Y sin embargo, la mayoría decidió correr el riesgo de amar y construir la vida en todos los lugares posibles y la familia también fue uno de ellos.

A nosotros, los hijos, amarnos y darnos un lugar en el que crecer, fue una tarea difícil, pero había algo que permitía sobrellevar la angustia del día a día, y que en mi caso era trascendental. Había que acabar con la dictadura y cuando lográramos eso, todo cambiaría en nuestra vida, en la vida de todos. En nuestra casa se construía el socialismo en todas las horas de comida, en medio del cigarro del papá y los compañeros, en los panfletos que la mamá lanzaba por la ventana de la micro, en los miguelitos lanzados a la calle en la madrugada de los días de protesta nacional, durante las eternas reuniones, esas en las que a mí se me compraba un pastel y donde tenía permiso para lanzarme por la escalera de la casa de Llico.

Los compañeros del partido se juntaban clandestinamente, y nosotros los niños estábamos ahí, muchas veces pensando que eran invencibles, que eran gigantescos, que su sola presencia nos permitía no tener miedo.

Sí; sobrevivimos luchando contra la dictadura, sobrevivimos a las secuelas transgeneracionales de la prisión política y a la pobreza, y sí, puedo confesarlo, fueron mucho más dolorosos los momentos en que nuestros padres creyeron desamarse o se desamaron definitivamente, que los apagones, los cadenazos y los allanamientos. Creíamos en la capacidad del pueblo y de los compañeros, de construir nuestra seguridad.

Nuestros padres no andaban lesiando en reuniones, estaban construyendo condiciones para que pudiéramos ser felices. Estaban en desventaja, pero eran valientes, y eso vale más que cualquier otra imagen parental que usted hoy nos quiera dar. Habían cosas que no podíamos decir, pero si las sabíamos nos sentíamos una parte importante de la política.

Tuvimos problemas como todos, a veces no entendíamos por qué nos decían que no, porque esos no, no siempre tenían que ver con la dictadura, sino más bien con las arbitrariedades en las que los adultos construyen familia. Sabíamos que el país era desigual e injusto, pero conservábamos a fuego la moral trabajadora, esa en donde hay que estudiar y portarse bien, donde no se roba para fines personales y donde uno se come toda la comida cuando es visita, porque si no los amigos se ofenden. Participamos de la resistencia, como niños que sabían lo que pasaba y cuál era nuestra trinchera.

Yo no creo que esta historia, o estas líneas, tengan que ver con idealizar la militancia en dictadura. En realidad, mi pretensión es otra, es salir al paso de quienes quieren ubicarnos solo como víctimas.

Nosotros también queremos recuperar la memoria, pero esa donde están guardadas las cosas que hacían que valiera la pena hacer lo que se hizo. Desde el Golpe de Estado en adelante, la historia de los poderosos ha transformado los heroicos actos de lucha y de vida cotidiana del pueblo en historias de puro dolor y derrota para que nadie las vuelva a replicar. Nadie puede negar el dolor y la derrota, pero eso no lo fue todo. El dolor era provocado sistemáticamente por los aparatos represivos y no tenía más fin que doblarnos frente a él. No lo lograron aunque la derrota fue profunda, no solo en el Golpe, no solo en la pérdida de compañeros, también lo fue en las condiciones de viabilizar un proyecto de sociedad diferente.

En esos casos, la memoria estaría al servicio de la hegemonía ideológica y de quienes quieren invisibilizar nuestras posibilidades de resistir, con una clara intención de perpetuar las injusticias que existen en Chile desde su fundación.

El Golpe de Estado no vino a instalar inequidades en Chile. La Unidad Popular fue el resultado de la organización de los chilenos que luchaban precisamente por acabar con esas atroces desigualdades que arrastramos desde antes de la conformación de Chile como Estado. La injusticia, la desigualdad, el abuso de la patronal, la violencia del Estado siguen y se han profundizado. Las raíces que le dieron razón al gobierno de la Unidad Popular siguen tan vivas como hace 43 años; lo que ha cambiado es nuestra disposición para hacerles frente, es nuestra disposición para volver a organizarnos en contra de la injusticia.

En Chile los derechos sociales tuvieron cortos años de vida, y todos fueron conquistas populares. Es tan poca la memoria que tenemos como pueblo de haber ejercido derechos sociales, que hoy cuando se nos convoca a luchar por esos derechos no hay huellas históricas en las que podamos reconocer esa experiencia. Es más fácil acordarse de la forma aberrante con la que se nos arrebataron los derechos, que de la sensación de ser dignos y de recibir lo justo. Es más fácil recordar que fuimos derrotados que sacar esa valentía, rigor y disciplina que se utilizó durante la resistencia.

Chile a 40 años del golpe necesita una memoria que tenga el propósito de convocar manos y voces para construir la justicia que se nos ha negado durante más de dos siglos. Usted, yo y todos necesitamos recordar, no todo, pero necesitamos recordar.

“El uso adecuado de la memoria
es el que sirve a una causa,
no el que se limita
a reproducir el pasado.”
Tzvetan Todorov, 2002, p.208

(*) Ph.D., académica y psicóloga clínica.

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