Durante las últimas semanas, la prensa se ha volcado a la cobertura de los casos de corrupción y tráfico de influencias descubiertos por el Ministerio Público en el marco de sus investigaciones contra empresas Penta, SQM y Caval. Acorralados por la arremetida mediática, los partidos y las principales autoridades políticas han tenido que renunciar a la tentación de un gran acuerdo y asegurar que con prescindencia de la jerarquía de los involucrados éstos deberán enfrentar un proceso judicial.

 

Hasta ahí, todo parece dentro de los parámetros de lo esperable para un régimen democrático. Sin embargo, no deja de llamar la atención la obsesión, tanto mediática como política, porque Peñailillo y su círculo de colaboradores sean los primeros en pagar los costos de esta coyuntura, transformándose así en emblemas de la corrupción.

No se trata de defender a todo evento la inocencia del actual Ministro del Interior y sus adláteres, sino que de llamar la atención sobre lo particular que resulta la obcecación por sacar a relucir sus miserias y actividades presuntamente ilícitas, en contraste con el trato decoroso que reciben otros políticos de similar importancia pero distinta ralea involucrados en casos de corrupción.
Esta diferencia evoca los límites que la clase y la raza imponen al ascenso social en Chile, al tiempo que torna evidente la superficialidad del discurso meritocrático y de igualdad racial desarrollado por las élites nacionales.

El problema de la movilidad social en Chile, tan bien analizado por Florencia Torche, puede ser descrito como el de una sociedad fluida entre los sectores bajos y medios, pero en la cual existen pocas posibilidades de acceder a la élite.

 Aun cuando existe cierto grado de consenso en torno a esto, no existe mucha preocupación por develar las causas de esta particular característica de la movilidad social en Chile. En ese sentido, el caso de Peñaillo y sus colaboradores ilumina dos posibles explicaciones: la condena al arribismo y la negación de la raza.

El arribismo, o el intento de asimilar los símbolos asociados al estatus de la élite, es una característica atávica de la sociedad chilena. Las novelas costumbristas de Alberto Blest Gana, la curiosa y afamada historia del Marqués de Cuevas, así como el ensayo “Siútico: arribismo, abajismo y vida social en Chile” de Oscar Contardo, dan cuenta de la importancia y alcance de este rasgo de la sociedad chilena.

Pero más allá de sus reminiscencias artísticas, el arribismo tiene una doble importancia para entender el problema de la movilidad social en Chile. Primero, da cuenta de que no es posible integrarse a la élite valiéndose exclusivamente de credenciales formales –títulos universitarios y de postgrado-, sino que además es necesario asimilar los gestos más sutiles de ese grupo social.

 Y segundo, opera como filtro para decidir quién es realmente acreedor de las posiciones de mayores estatus en nuestra sociedad, toda vez que la élite, con la risa cómplice de los sectores medios ilustrados, se reserva el derecho de hacer mofa y condenar los anhelos de ascenso social de otros dependiendo de ciertas características.

Con respecto a estos dos últimos puntos, la obsesión en demostrar la culpabilidad del círculo de Peñaillo reviste el cariz de una operación mediática y política destinada, por una lado, a demostrar que han fracasado en el intento de emular el tono y las inflexiones de la élite, mientras que por otro, hacen de sus pequeñas miserias un espectáculo humorístico.

De otra forma no sería posible entender cómo durante esta vorágine persecutoria se pone con tanta facilidad en entredicho su idoneidad profesional, y se les vincula sin mayor problema con personajes de dudosa reputación como el señor Martelli, al tiempo que nada se dice en relación a los mismos aspectos cuando se habla de los escándalos que involucran a políticos de otra clase social como Velasco o Undurraga.

Todo esto, además, es acompañado de un espectáculo de denostación pública que se inició el mismo día en el Ministro del Interior y los suyos se instalaron en el gobierno. Ahí comenzaron las burlas sobre su peinado, los comentarios sarcásticos en relación a sus trajes, y la innecesaria pero constante hambre por escarbar en su origen social. Ello, con la finalidad de recordarle a la sociedad que el derecho a ocupar una posición de mayor estatus en Chile, en gran medida, es una cuestión de cuna.

Ahora bien, lo que está detrás del anhelo por ver caer a Peñaillo y sus amigos no es sólo un asunto de origen social. Si así lo fuera, sería incomprensible que otros políticos de origen mesocrático –ej. Álvaro Elizalde o Helia Molina- no hayan enfrentado un espectáculo similar de degradación pública.

La otra causa detrás de esta obsesión es la raza. Aunque su importancia ha sido largamente negada en el discurso público, fundamentalmente por lo que Edward Telles llama ideología del mestizaje, que impulsada desde el Estado fuerza el consenso en torno a la idea de una sociedad sin razas, resulta evidente que la mirada atenta de la élite no es tan acuciosa respecto del gusto, origen e idoneidad profesional y moral de otros que tampoco provienen de ella pero no tienen el fenotipo de Peñaillo y su círculo íntimo.

Basta indagar las historias de vida de buena parte de nuestras autoridades políticas de origen europeo, árabe o judío, para darse cuenta de que su origen modesto nunca ha sido problema para constituirse posteriormente en miembros de la élite. En relación a este último punto, el caso de Edgardo Boeninger sea quizás el más paradigmático, pues a pesar de haber vivido buena parte de su infancia y juventud en pensiones muy modestas, esto nunca fue obstáculo para su posterior ascenso social, ni mucho menos motivo para que se hicieran notas sobre sus corbatas o su corte de pelo.

Cualquier persona que a lo largo de su vida haya transitado por las diferentes clases sociales que componen la sociedad chilena sabe bien, o al menos intuye, la importancia de factor racial para acceder a las posiciones de mayor estatus. Ese es el caso del Ministro del Interior y sus adláteres, quienes conociendo las limitaciones que su apariencia mestiza impone sobre sus anhelos de movilidad social, decidieron enfundarse con trajes de corte italiano y colgarse del último vestigio anglosajón de sus vidas para crear empresas a la altura de sus expectativas.

No obstante, lo inútil del intento salta a la vista. Ni la calidad de las costuras, así como tampoco el aura de elegancia y seriedad con que trataron de revestir su trabajo llamando “Harold’s and Johns” a su emprendimiento, los salvó del lamentable espectáculo de tener que comparecer frente a la élite y a la sociedad toda como mestizos trepadores –o bien, galanes rurales, para usar la terminología del hijo de la Presidenta-, dos etiquetas que disminuyen notoriamente las posibilidades de integrarse exitosamente a la élite chilena.

A la luz de los antecedentes hasta ahora disponibles, así como de su pequeña pero escandalosa historia política, existe una gran probabilidad de que Peñaillo y su círculo tengan algún grado de participación en los escándalos de corrupción que hoy tanto se comentan.

No obstante, es importante tener claro, y ese ha sido el fin de esta columna, que su condición de emblema de la falta de probidad, así como la inquina con que se intenta inculparlos, no se deriva de su mayor o menor culpabilidad sino de su condición de clase y origen racial.

Constatar este hecho es de una importancia fundamental para sincerar el discurso de la meritocracia. Así las cosas, mientras soterradamente se privilegie la emulación del habitus de la élite y se valore la apariencia caucásica, al tiempo que públicamente se condena el mal gusto de la copia y se niega la importancia de la raza en la definición del estatus, la idea de la educación como trampolín de ascenso social no será más que una ilusión sustentada por la élite para aparecer moderna, pero reservándose el derecho de acceso.

Poner fin a ese sueño y de paso despertar del mismo, es la única labor noble que a Peñailillo y sus amigos, entre tanta truhanería para mantenerse soñando, les resta por hacer.

Fuente: Red Seca

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