Allende en el Recuerdo de Marcos Ana

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Una de mis satisfacciones personales fue conocer a Salvador Allende, candidato en aquel tiempo a la Presidencia de la República. Me cautivó su manera de ser, su clarividencia política, su densidad humana y su popularidad entre la juventud. Participé con él en algunos actos, pocos y específicamente por la amnistía de los presos políticos españoles, pues había que diferenciarlos claramente de su actividad electoral. Aun así no faltó algún periodista insidioso que le acusara de utilizar mi presencia y la imagen de España para sus fines electorales. Me encantaba hablar con él. Era cautivador, jovial, abierto y de una vitalidad arrolladora. Amaba mucho la vida: por eso murió en la Moneda.

¡Qué diferente del que años después, poco antes del Golpe Militar, me recibió en el Palacio Presidencial!

Le recuerdo en su despacho, serio, preocupado, no por la solemnidad formal de su cargo sino por los problemas que le cercaban. Mi amigo Teodulfo Lagunero me había dado un libro sobre la Unidad Popular para que se lo dedicara el Presidente, pero en medio de aquella conversación, que a veces parecía una meditación en voz alta, sobre las difi cultades de su mandato, no me atreví a interrumpirle con una cosa tan trivial. En su rostro había una carga tal de responsabilidad y decisión que sobrecogía. Yo no quise entretenerle, robarle más tiempo e intenté despedirme.

—No, espera, Marcos, quiero pedirte un favor. ¿Cuántos días piensas estar en Chile?

—No sé, cinco o seis días más. El domingo tengo un acto en el teatro Moderno y después pensaba regresar a París.

—Si te es posible retrasa tu viaje, quiero que vayas a Chuchicamata, que convivas unos días con los mineros del cobre, que les hables de tu experiencia, de las experiencias de España, del Frente Popular, del levantamiento militar…

Hablaba como temiendo un futuro semejante para la Unidad Popular y para el pueblo chileno.

—Estoy a vuestra disposición. Ya sabes que en todo lo que pueda ser útil puedes contar conmigo, mi tiempo es tuyo y de Chile.

Llamó al bueno de Antonio Benedicto, que trabajaba en la Presidencia y le dijo:

—Prepara un viaje a Marcos para Chuchicamata, avisa de su llegada a los compañeros y que le acompañe alguien de seguridad…

Al día siguiente emprendí el viaje, muy ilusionado de poder ser útil a la Unidad Popular y al Presidente. Fui en avión hasta Antofagasta, donde me esperaban para cruzar el desierto en un jeep militar. De nuevo me impresionó aquel inclemente desierto, nos paramos en un poblado minero abandonado y conocí, en aquel aislado paraje, la
calidad inquietante del silencio. Un silencio total, sin piel, desnudo y casi sobrenatural.

Me habían informado bien de la situación, de las inquietudes de los mineros, a raíz de la nacionalización del cobre, manoseados por los sectores más conservadores de la derecha chilena y agentes de los Estados Unidos.

Merecibieron con alegría, aún recordaban mi visita en 1963. A la hora de comer me reunía con ellos en la cantina y después del trabajo les hablaba de las experiencias de España, del triunfo del Frente Popular y de la sublevación militar que cortó a sangre y fuego el proceso democrático abierto en nuestro país, y de la necesidad primordial que el pueblo chileno tenía de consolidar la victoria.

A mi vuelta informé al Presidente con detalle de mis charlas con los mineros y antes de marcharme me atreví a pedirle que dedicara el libro que con tanta ilusión me había entregado Teodulfo Lagunero. Nos despedimos con un fuerte abrazo, sin sospechar que iba a ser el último.

El trágico 11 de septiembre de 1973, me encontraba en Viena, en una reunión de la Presidencia de la Federación Internacional de Resistentes (FIR) cuando nos llegó la noticia del asalto al Palacio de la Moneda, en Chile, por militares sublevados al mando de un general traidor: Augusto Pinochet, respaldado por intereses espurios.

La reunión de la FIR aprobó con carácter de urgencia un comunicado denunciando el Golpe de Estado y su apoyo a los demócratas chilenos, que se envió a la Comisión de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Me volví a Francia angustiado por la noticia y por la suerte que iba a correr el pueblo de Chile y los numerosos amigos que allí tenía.

Al llegar a París me dirigí inmediatamente a la Sede del CISE y encontré a mis compañeros que ya estaban movilizados, unos colgados de los teléfonos y otros confeccionando un boletín con las noticias que llegaban, para coordinar y hacer extensiva una respuesta solidaria.

Conocimos la «muerte en combate» de Salvador Allende, el Presidente electo por el pueblo chileno. Después supimos que se inmoló, en un gesto final de dignidad, como había
prometido: antes morir que doblegarse.

Con el golpe militar se cercenó a sangre y fuego el proceso de la Unidad Popular, la experiencia cautivadora de una vía pacifi ca y democrática al socialismo, que pudo marcar un hito en la historia y que los demócratas y revolucionarios del mundo seguíamos con apasionada esperanza.

La masacre colectiva que siguió al golpe fue tan despiadada que despertó la inmediata repulsa y la solidaridad de Europa y del mundo. Siguieron llegando nombres de camaradas bestialmente asesinados, Víctor Jara, Augusto Olivares, Claudio Jimeno, José Tohá, Dr. Eduardo Paredes, Pablo Neruda, Víctor Díaz, Orlando Letelier, Carmelo Soria… y tantos otros.

(*) Poeta español, Marcos Ana, (Fernando Macarro Casillo), nació en Alconada en 1920. A los quince años, se alistó en el ejército republicano, el mismo día de la fi nalización de la guerra civil, fue detenido en Alicante, cuando trataba de huir de España, e internado en el campo de concentración de Albatera. Condenado en dos ocasiones a la pena de muerte,
estuvo en varios campos y prisiones, comenzando a escribir poemas en el penal de Burgos cuando tenía treinta y tres años. Liberado en 1961, debido a las presiones  internacionales, tras veintitrés años de prisión, marchó a París, donde el PCE le encomendó un servicio de apoyo a presos políticos. Viajó por Europa y Sudamérica, regresando a España en 1976 tras la amnistía, ejerciendo desde entonces varios cargos en el PCE.

Extracto del libro «Decidme cómo es un árbol»

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