A 40 Años del Golpe: El Día en que Renunció el General Prats

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El día  25 de agosto de 1973, un informe ultra secreto de la Defense Intelligence Agency manifestó con satisfacción: “la dimisión del general Prats ha eliminado el principal factor de impedimento de un golpe”. En efecto, como quedaría suficientemente acreditado, la renuncia del General Prats, generada por la provocación de una sediciosa, fue el eslabón  decisivo de la conjura contra la democracia chilena, no sólo porque aventó del Ejército a los últimos exponentes del constitucionalismo, sino porque, y nada menos, lo dejó al mando del oscuro, ambiciosos y traidor, Augusto Pinochet Ugarte. La carta donde le presenta la renuncia al Presidente Salvador Allende, y la respuesta de éste, documentos que usted puede leer a continuación, los muestran en su impresionante dimensión humana y de hombres de Estado, y permiten atisbar su percepción de un final, como las tragedias griegas, ya predeterminado.

El 26 de agosto, el diario Clarín lamentó el retiro de Prats. Escribió el editorialista:

“El general Carlos Prats dimitió de su cargo para preservar la integridad del Ejército. En Chile se ha ido concretando una doctrina institucional, que fue reseñada por el general René Schneider y, posteriormente, completada y explicada por su sucesor en el cargo. Todos sabemos lo que le sucedió al general Schneider por ser fiel a sus principios… Al general Prats no lo asesinaron, seguramente porque no tuvieron la ocasión o tiempo, sino que lo hostilizaron y lo injuriaron con un odio que viene de la entraña misma de su ubicación como clase social. Este sentimiento lo contagiaron a ciertos subordinados que se dejaron engatusar por distorsiones y entonces el intachable militar optó por hacerse a un lado. Pero su conducta fue siempre respaldada por el verdadero pueblo y puede quedarle la satisfacción de que sirve de símbolo a una asociación entre el Ejército y el pueblo, única base posible de la unidad nacional y de la seguridad exterior…Pasarán los años y se conservará el recuerdo de este general que se desentendió de los halagos, que despreció las amenazas, que conservó el respeto por su uniforme y por las leyes, que consolidó la doctrina profesional de las Fuerzas Armadas y que se hizo a un lado con absoluto desinterés para evitar un quiebre de las fuerzas bajo su dirección”.

El 21 de marzo del 2006, el abogado y periodista, Gonzalo Vial, revivió las falsedades que se habían maliciosamente propagado acerca de Carlos Prats. Vial estaba probablemente consciente que se iba a demostrar que la muerte de este general había sido obra de la DINA y, por consiguiente, de responsabilidad de Pinochet a quien siempre ensalzó.

En su columna habitual del diario La Segunda, tratando el tema de la abstención política de los militares, en forma marcadamente tendenciosa y absurda, pretendió demostrar que Prats se había convertido en un dirigente más de la UP, con nexos especialmente con comunistas y extremistas, que detestaba a la Derecha y que, lo más grave, había vulnerado la Constitución y las leyes. Parte de este sinuoso libelo fue el siguiente :

“…Por su inteligencia, capacidad y labor profesional, patriotismo, enormes esfuerzos para hallar una salida al dilema de 1973, y trágico sacrificio último, merece el respeto y el recuerdo de todos, y particularmente de sus colegas de armas y del Ejército-institución. Pero no tuvo prescindencia alguna. Al revés, mostró ya una inclinación a hacer política antes de asumir la comandancia máxima y, en este último cargo, se politizó por completo.

Llegado al mando máximo del Ejército (tras el asesinato de Schneider) junto con asumir Allende la Presidencia, Prats fue progresivamente politizándose y distanciándose de sus colegas del cuerpo de generales. Pues les prohibía que le hablaran de política, ni aún en términos amplios, pero él lo hacía incesantemente, y con una variadísima y numerosísima gama de jefes unipopulares y extremos: Carlos Altamirano, Luis Corvalán, Fernando Flores, Daniel Vergara…¡hasta el caudillo mirista Miguel Enríquez!. Y en tales conversaciones, el punto de vista de Prats era el mismo de sus interlocutores (Enríquez exceptuado) el de la UP.

Sobre todo durante el último año del régimen, desde el paro de octubre de 1972 hasta el golpe –paralelamente a cumplir con profesionalismo sus funciones castrenses, en parte gracias al apoyo del Vicecomandante, general Pinochet (al cual elogia por esto en sus memorias)- Prats fue un dirigente más de la UP y de su gobierno. Gestionó entusiasta varias salidas a la crisis política, el diálogo con la DC, la gran tregua nacional- todas excluyentes de la Derecha, a la que terminó aborreciendo. Y como secretario de Estado hizo cosas que un militar y, más todavía, un mando máximo de militares, no debía hacer.

Así, el Ministro del Interior/Comandante en Jefe Prats – para dar un solo ejemplo- confirmó mediante una circular secreta que, si un tribunal había concedido la fuerza pública, pero el caso era conflictivo, el Intendente o Gobernador – o sea el Gobierno- podrían suspender por plazo indefinido su cumplimiento, es decir, desobedecer al Poder Judicial (enero ¡973). Y, de ese modo, frustrando cuando ordenaba la devolución forzada de tierras, fábricas, comercios, etc., usurpados para constituir el área social. De una manera inequívoca, la más alta autoridad política después del Jefe de Estado, y la más alta autoridad del Ejército –las dos juntas en una sola persona- se ponían al margen de la Constitución y las leyes.

No necesitó hacerlo Allende, Presidente revolucionario. Lo hizo Prats por todos…”

De la siguiente revisión de documentos, se desprende cuán valioso personaje fue el general Carlos Prats González. Por su jerarquía superior, fue víctima de la acción de Estados Unidos y de la derecha política chilena, incluido un sector mayoritario de la DC para que abandonara su querida institución.

Exiliado en Argentina, el largo brazo de la DINA, al considerarlo un potencial riesgo para la dictadura de Pinochet, decidió eliminarlo. En la madrugada del 30 de septiembre de 1974, lo hizo volar en pedazos, junto a su esposa, al estallar una bomba de gran poder explosivo.

El gobierno chileno se negó a hacerse parte de la investigación del crimen en Argentina. Y, trasladados sus restos al país, se negó a rendirle los honores correspondientes al cargo que había desempeñado, incumpliendo la promesa hecha a las hijas.

La inquina de Pinochet a su ex jefe no tenía límites. Debieron transcurrir muchos años para que la justicia chilena, bajo presión de la Argentina- especialmente de la jueza María Servini de Cubría- aceptara hacer un juicio por la muerte de Prats. Luego, en la última instancia, debió sortearse la oposición del juez Ballesteros, quien deseaba aplicar la prescripción. Lo que resulta insólito es la dura condena del Ejército y del presidente Piñera que aparentemente no se dan cuenta que sus expresiones alcanzan al general Pinochet, principal responsable de la muerte del ex comandante en jefe.

Carta de renuncia del general Carlos Prats

Dr. Salvador Allende Gossens.

Exmo. Sr. Presidente:

V.E -al asumir la Presidencia de la República- tuvo a bien designarme Comandante en Jefe del Ejército, cargo que ejercía interinamente desde el asesinato del Sr. General Schneider (Q.E.P.D.)

V.E. no me conocía anteriormente, de modo que tal nombramiento se fundamentó exclusivamente en su respeto por la jerarquía y verticalidad del mando en las Fuerzas Armadas.

En el discurso que pronuncié el 20 de octubre de 1970, en el sepelio del Gral. Schneider, dije textualmente: “Chile enfrenta una encrucijada de su destino que lo obliga a optar sólo entre dos alternativas dinámicas para la realización nacional: la violencia trastocadora o la del sacrificio solidario”.

Comprendí que el Ejército ya había dejado de ser un compartimiento estanco de la comunidad nacional y que las presiones, tensiones y las resistencias  propias de un proceso de cambios profundos que debía realizarse dentro de las normas constitucionales y legales vigentes- inevitablemente iban a perturbar cada vez más intensamente la tradicional marginación del Ejército del quehacer político contingente.

Me tracé, entonces, como objetivos fundamentales de mi acción de mando, luchar, por una parte, por afianzar la cohesión intrainstitucional y garantizar la verticalidad del mando, pre encausar la marcha del Ejército en los moldes doctrinarios profesionalistas que se desprenden del rol constitucional asignado a la fuerza pública. Por otra parte, concentré mis esfuerzos en la planificación y ejecución de un plan de desarrollo institucional que constituía un imperativo inaplazable, para acrecentar la eficacia operativa de las grandes unidades que articulan el despliegue institucional.

Contribuí a los lineamientos señalados por V.E., para una participación realista de las Fuerzas Armadas en las grandes tareas de desarrollo del país, que tienen trascendente incidencia en la Seguridad Nacional, bajo la inspiración del nuevo concepto de “soberanía geoeconómica”.

Diez meses atrás, la agudización creciente de la lucha política y gremial interna indujo patrióticamente a V.E. a requerir la participación de las Fuerzas Armadas en funciones de gobierno, sin que ello implicara compromiso partidista alguno para los representantes militares. V.E. me honró, designándome Ministro del Interior, en una etapa en que era necesario cautelar la vigencia del Estado de Derecho, asegurando la realización imparcial del importante proceso de renovación del país, en una gira de relieve mundial, me asignó el honor y la responsabilidad de la Vicepresidencia de la República.

Volvía a mis funciones estrictamente profesionales, hasta que, hace unas semanas, nuevamente V.E. requirió mi presencia en el Ministerio de Defensa Nacional, en su sincero afán patriótico de evitar una tragedia inconmensurable de un enfrentamiento fratricida, a que se veía inminentemente arrastrado el país, en medio de una gravísima crisis económica. Acepté tal nueva responsabilidad sinceramente convencido de que era un deber patriótico contribuir a su clara y firme decisión de ordenar el proceso de cambios y continuarla enmarcando en definidos cauces constitucionales y legales, lo que requería de una urgente apertura parlamentaria.

Al correr de los dos años diez meses, que he esbozado, he soportado con entereza toda clase de ataques injuriosos, calumniosos o infamantes –provenientes de quienes se empeñan en enervar o derrocar al Gobierno Constitucional que V.E. dirige- en la convicción de que, en el seno de la Institución que comando, predominaría la comprensión de la intencionalidad de baja política que inspiraba la campaña en mi contra.

Al apreciar –en estos últimos días- que, quienes me denigraban, habían logrado perturbar el criterio de un sector de la oficialidad del Ejército, he estimado un deber de soldado, de sólidos principios, no constituirme en factor de quiebre de la disciplina institucional y de dislocación del Estado de Derecho, ni de servir de pretexto a quienes buscan el derrocamiento del Gobierno Constitucional.

Por tanto, con plena tranquilidad de conciencia, me permito presentarle la renuncia indeclinable de mi cargo de Ministro de Defensa Nacional y, a la vez, solicitarle mi retiro absoluto de las filas del Ejército, al que serví con el mayor celo vocacional durante más de cuarenta años.

Agradezco profundamente la alta confianza que V.E. depositó en mí, pese a su convencimiento de mi absoluta prescindencia política y le reitero las consideraciones del sincero respeto que vuestra V.E. sabe que le profeso, por el sentido de responsabilidad personal con que conduce los destinos del país. Igualmente, por su digno intermedio, me permito hacer llegar mis reconocimientos a las autoridades de gobierno y asesores suyos que –al margen de sus banderías políticas- supieron apreciar mi colaboración de soldado esencialmente profesional, en las tareas ministeriales que desempeñé.

Saluda a V.E. con aprecio y respeto.
CARLOS PRATS GONZÁLEZ
General de Ejército
Santiago, 23 de agosto de 1973.

Allende, después de la renuncia de Prats, le envió una carta,  que revelaba el gran aprecio que le guardaba. Esta misiva mostraba que el Mandatario estaba consciente de  la peligrosa situación en que se encontraba el gobierno, pero que confiaba que aun podría sortear la crisis. Creía que los valores de Prats eran compartidos por los otros jefes militares, especialmente por Pinochet y Urbina.

Estimado señor General y amigo:

El Ejército ha perdido su valioso concurso, pero guardará para siempre el legado que usted le entregara como firme promotor de su desarrollo, que se apoyó en un orgánico plan que coloca a tan vital rama de nuestras Fuerzas Armadas en situación de cumplir sus altas funciones.

Su paso por la Comandancia en Jefe significó la puesta en marcha de un programa destinado a modernizar la infraestructura, el equipamiento y los niveles de estudio de nuestro Ejército, para adecuarlo a las condiciones que demandan la tecnología y ciencia actuales. Esto se le reconoce ahora y se apreciará mejor en el futuro.

Es natural que quien fuera el alumno más brillante, tanto en la Escuela Militar como en la Academia de Guerra, aplicara, en el desempeño de las altas tareas del Ejército, elevada eficiencia, riguroso celo profesional y efectiva lealtad con los compromisos contraídos con la Nación, su defensa y su sistema de gobierno.

No es solamente la autoridad gubernativa la beneficiada con su conducta. Es toda la ciudadanía. Sin embargo, estoy cierto que, dada su recia definición de soldado profesional, usted considera que simplemente cumplió su deber. A pesar de ello, señor General, me corresponde agradecer, en nombre de los mismos valores patrióticos que defiende, la labor que usted desempeñó.

Expreso, una ves más, el reconocimiento del Gobierno por su valiosa actuación como Vicepresidente de la República, Ministro del Interior y de la Defensa Nacional. Su invariable resguardo del profesionalismo militar estuvo siempre acorde con el desempeño de esas difíciles responsabilidades, porque comprendió que, al margen de contingencias de la política partidista, ellas están ligadas a las grandes tareas de la seguridad del país.

El encauzamiento del Ejército dentro de las funciones que le determinan la Constitución y las leyes, su respeto al Gobierno legalmente constituido fueron reafirmados durante su gestión, de acuerdo con una conducta que ha sido tradicional en nuestra Nación, la que alcanzó especial relevancia frente a los incesantes esfuerzos desplegados por aquellos que pretenden quebrantar el régimen vigente y que se empeñan, con afán bastardo, en convertir a los Institutos Armados en un instrumento para sus fines, despreciando su intrínseca formación.

A usted le correspondió asumir la Comandancia en Jefe del Ejército en momentos difíciles para esa Institución y, por lo tanto para Chile; sucedió en el Alto Mando a otro soldado ejemplar, sacrificado por su riguroso respeto a la tradición constitucionalista y profesional de la Fuerzas Armadas. El nombre de ese General, don René Schneider Chereau, trascendió nuestra fronteras, como símbolo de la madurez de Chile, y reafirmó el sentido o’higginiano impreso en el Acta de nuestra Independencia y que consagra el derecho soberano de nuestro pueblo para darse el gobierno que estime conveniente.

Su nombre, señor General, también desbordó nuestro ámbito, al punto que otras naciones aprecian, en toda su dimensión, su actitud profesional insertada en el proceso de cambios impuesto en Chile por la firme decisión de su pueblo.

En este momento en que hay chilenos que callan ante las acciones sediciosas, a pesar de hacer constantes confesiones públicas de respeto a la Constitución. Por eso, su gesto significa una lección moral que lo mantendrá como una meritoria reserva ciudadana, es decir, como un colaborador de la Patria con el cual estoy seguro ella contará cuando las circunstancias lo demanden.

Los soeces ataques dirigidos contra usted constituyen una parte de la escalada fascista en la cual se ha llegado a sacrificar al Comandante de la Armada Nacional, mi Edecán y amigo, Arturo Araya Peters, quien fuera ultimado por personas pertenecientes al mismo grupo social que tronchó la vida del General Schneider. Este es un duro momento para Chile, que usted lo siente de manera muy profunda.

El gesto de su renunciamiento, motivado por razones superiores, no es la manifestación de quien se doblega o rinde ante la injusticia, sino que es la proyección de la hombría propia de quien da una nueva muestra de su responsabilidad y fortaleza.
Lo saluda con el afecto de siempre,

SALVADOR ALLENDE G.
Presidente de la República.
Santiago, 25 de agosto de 1973.

Radomiro Tomic, se encontraba en dura pugna dentro de su partido para lograr un cierto grado de acuerdo con la Unidad Popular. No era escuchado por la mayoría, encabezada por Frei Montalva, que estaba empecinada en que Allende renunciara o fuese depuesto, sin importar las consecuencias. Cuando renunció Prats, le remitió también una epístola, cuyo contenido resultaba extraordinario por su clarividencia.

Estimado señor General Prats:

A lo largo de los años nos hemos encontrado sólo ocasionalmente y no puedo pues considerarme su amigo en el sentido usual de la palabra.

Tal vez  es mejor que así sea en relación a esta carta, pues ella no obedece a sentimientos personales de afecto, sino a valores objetivos que tocan a su comportamiento en horas críticas para la paz pública y el interés nacional.

No es como amigo, sino como chileno, que le expreso mi solidaridad y me asocio modesta y anticipadamente al homenaje que el juicio de la historia tendrá para usted, por la entereza patriótica y la clara percepción de las exigencias que el delicado momento que vive Chile le imponía su calidad de soldado y de Comandante en Jefe del Ejército.

Así le cupo actuar en octubre de 1972, junto con otros distinguidos representantes de la Fuerzas Armadas, al facilitar el grado de consenso necesario para que el país superara el paro generalizado de ese entonces. Así fue en marzo de 1973, al garantizar que las elecciones parlamentarias tuviesen lugar en un marco de efectiva imparcialidad por parte del gobierno. Así acaba de ser ahora, en agosto de 1973, hasta el límite en que a usted le fue posible actuar.

La turbia ola de pasiones exacerbadas y violencia, de ceguera moral e irracionalidad, de debilidades y claudicaciones que estremece a todos los sectores de la nacionalidad y que es obra, en grado mayor o menor, de todos ellos, amenaza sumergir al país tal vez por muchos años.

Sería injusto negar que la responsabilidad de algunos es mayor que la de otros, pero, unos más y otros menos, entre todos estamos empujando a la democracia chilena al matadero. Como en las tragedias del teatro griego clásico, todos saben lo que va a ocurrir, todos dicen no querer que ocurra, pero cada cual hace precisamente lo necesario para que suceda la desgracia que pretende evitar.

Por lo que toca a usted, es esta una responsabilidad que la historia no hará recaer sobre sus hombros si finalmente el enfrentamiento, la dictadura y una represión sistemática, cada vez más honda y más encarnizada, mutilan la unidad esencial de los chilenos. Para evitarlo, hizo usted todo lo que pudo como soldado y como chileno. No se lo diría si no tuviera los elementos de juicio que tengo para hacerlo. Por eso, permítame hacerle llegar mis felicitaciones y mi solidaridad.

Saluda a usted muy atentamente,        

Radomiro Tomic R.
Santiago,25 agosto de 1973.

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